Durante el trayecto en el tranvía Eme me abraza cariñosamente. Me gusta. Me sorprende. Me dejo querer.
—¿No has visto que estaban sobándome el culo, gilipollas? —dice hostil Eme, golpeándome con la pequeña guía de Estambul, mientras bajamos en nuestra parada.
—¿No has visto que estaban sobándome el culo, gilipollas? —dice hostil Eme, golpeándome con la pequeña guía de Estambul, mientras bajamos en nuestra parada.
Escombros, Xórdica, 2011. Pág. 57