jueves, 26 de julio de 2018

Sesiones de cine de barriada y paseos en tranvía



Juan Goytisolo
(1931-2017) 
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LA ISLA 

Fueron años de sacrificios tenaces, en un piso sin muebles, con sesiones de cine de barriada y paseos en tranvía. Rafael trabajaba día y noche y, durante los cursos escolares, di clases de Geografía e Historia en un Instituto de Segunda Enseñanza. El cuerpo no obedecía como antes, pero teníamos ganas de luchar. Lo que vino luego, ninguno de los dos lo había previsto. 

Juan Goytisolo, La Isla, Seix Barral, Barcelona, 1961. Pág. 54.

lunes, 23 de julio de 2018

Se parece tanto como un tranvía a un huevo


MALCOLM LOWRY
(1909-1957)
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ULTRAMARINA 

Hilliot podía ver los tranvías, los ómnibus, la multitud en el mercado; distinguía las letras del cartel de la Standard Oil Company, SOCONY; y allá arriba, en la montaña, un tren subía con infinita lentitud. (Pág. 30)

***

Miró desde la plaza hacia una larga calle. Vio rieles de tranvías y, muy lesjo, dos figuras borrosas que los cruzaban. (Pág. 39) 

***

—Sí, el Sapporo Bar, Hilliot. Sigue por donde van los tranvías, es justo después de la Aduana. Te encontraremos allí esta noche. (Pág. 76) 

***

Camina sin pensar adónde va. Los tranvías corren frente a las oficinas; las madres con abrigos de piel que huelen a tibieza se ajetrean en el Bon Marché con sus hijos de gorras de escolares; más allá, túneles secretos taladran los lúgubres edificios y el ferrocarril que atruena y un montón de puentes que llevan a la plataforma se prolongan en siniestra y desnuda confusión. Resuenan las campanas de los tranvías. Brutales edificios pugnan hacia el cielo por encima de Dana Hilliot. (Pág. 78) 

***

Llegamos a las vías de los tranvías y pronto tres de ellos, atestados, pasaron chillando en rápida sucesión. (Pág. 98)

***

—No, muchacho, se parece tanto como un tranvía a un huevo… (Pág. 115)

***

Las calles fluían como vehementes canales de luz y los automóviles, los tranvías las atravesaban como enloquecidas barcazas de fuego. (Pág. 118)

Malcolm Lowry, Ultramarina, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969. Traducción de Alfonso Llanos

domingo, 22 de julio de 2018

Un tranvía extraviado


LOUIS SIMPSON
(1923-2012)

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EL MARIDO DE AJMÁTOVA

El marido de Ajmátova, Gumiliov,
era poeta y explorador.
Escribió poemas sobre animales salvajes
y tenía ideas fantásticas:
un pájaro rojo con cabeza de mujer
y un tranvía extraviado,

que desprende fuego «como una tormenta de alas negras»,
sobrevuela los puentes,
pasa junto a una casa con tres ventanas
donde vivía una mujer que una vez amó,
y se abalanza sobre él
dos pezuñas en el aire y un guante de hierro.

Gumilov luchó en la Gran Guerra
con un valor casi increíble,
fue condecorado dos veces con la Cruz de San Jorge.
Vio a un viejecito
forjando la bala que lo mataría.

No era una bala alemana, era rusa.
A Gumiliov lo mataron sus propios compatriotas
como les sucede a menudo a los poetas en Rusia.

Todo el mundo habla de Ajmátova
pero nadie menciona a Gumiliov.
Eso no le habría importado a Gumiliov.
Cuando el hombre enviado por el gobierno vino a matarlo,
«Anda, dame un cigarrillo», dijo Gumiliov,
«y acabemos de una vez».

The Best Hour of the Night, 1983. Traducción de Javier Cantero Sabata. En Clarín nº 135, mayo-junio, 2018


lunes, 30 de abril de 2018

Abajo del tranvía


Pier Paolo Pasolini
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(1922-1975)

A UN PAPA

Pocos días antes de que tú murieras, la muerte
había puesto sus ojos en un coetáneo tuyo:
a los veinte años, tú eras estudiante, él albañil,
tú noble y rico, él un joven plebeyo:
pero los mismos días, sobre ustedes, han dorado a la vieja Roma
que se estaba volviendo tan nueva.
Vi sus despojos, pobre Zucchetto.
Borracho, vagaba de noche en torno a los Mercados,
y un tranvía que venía de San Paolo,
lo arrollóy lo arrastró un rato por los rieles, entre plátanos:
durante unas horas permaneció allí, bajo las ruedas:
alguna gente se reunió alrededor para mirarlo,en silencio:
era tarde, y eran pocos los transeúntes.
Uno de esos hombres que existen porque existes tú,
un viejo policía fanfarrón como un rufián,
al que se acercaba demasiado gritaba: “¡Fuera, a correrse!”.
Después vino el automóvil de un hospital a cargarlo:
la gente se fue, y quedó sólo algún guiñapo aquí o allá,
y la dueña de un bar nocturno, más adelante,
que lo conocía, dijo a un recién llegado
que Zucchetto había terminado abajo del tranvía y había muerto.
Pocos días después te morías tú: Zucchetto era uno
de tu inmensa grey romana y humana,
un pobre borracho, sin familia y sin lecho,
que vagaba por la noche, viviendo quién sabe cómo.
Tú nada sabías de él: como nada sabíasde otros mil y mil cristos como él.
Tal vez yo sea duro al preguntarme por qué razón
la gente como Zucchetto era indigna de tu amor.
Hay sitios infames, donde madres y niños
viven en un polvo antiguo, en fango de otras épocas.
No muy lejos, por cierto, de donde tú vivías,
con los ojos puestos en la bella cúpula de San Pedro,
hay uno de esos lugares, el Gelsomino…
Un monte cortado en mitad de la cantera, y abajo
entre los escombros y una fila de edificios nuevos,
un montón de construcciones miserables,
no casas sino pocilgas.
Bastaba un sólo gesto tuyo, una sola palabra,
para que éstos, tus hijos,tuvieran un hogar:
no hiciste un gesto, ni dijiste una palabra.
¡No se te pedía que perdonaras a Marx! Una ola
inmensa que se refracta de milenios de vida
te separaba de ellos, de su religión:
pero en tu religión ¿no se habla de piedad?
Millares de hombres bajo tu pontificado,
ante tus ojos, han vivido en establos y pocilgas.
Lo sabías, pecar no significa hacer el mal:
no hacer el bien, eso significa pecar.
¡Cuánto bien pudiste hacer! Y no lo has hecho:
no ha habido un pecador tan grande como tú.

Pier Paolo Pasolini, La religión de mi tiempo. Icaria Poesía, Barcelona, 1997. Págs. 124-125
Traducción Olvido García Valdés

jueves, 28 de diciembre de 2017

Endecasílabo tranviario VII

67

Subo al tranvía. 
Tranvía mi tranvía. 
Casi tranvía.

68

Asiento libre.
Junto a la ventanilla. 
Casi milagro.

69

Un abejorro.
Se cuela sin billete. 
Casi desgracia.

70

Cierto poeta. 
Redacta su poema. 
Casi poeta.

71

Una pareja. 
Frente a sendos móviles. 
Casi noviazgo.

72

Una mirada. 
Entre los ojos ciegos. 
Casi deseo.

73

Un libro abierto. 
Algo dentro de nada. 
Casi espejismo.

74

Cesto de compra. 
Baila con el vaivén. 
Casi se escapa.

75

Mucho pasaje. 
Se bambolea dentro. 
Casi festivo.

76

Un carpe diem. 
Bajo la marquesina. 
Casi en horario.

77

Nunca los gatos. 
Jamás en tranvía. Casi 
sabiduría.

jac

lunes, 25 de diciembre de 2017

Qué tranvía escucho



Giorgio Caproni 
_________________________
(1912-1990)

¡Amor mío, en los vapores de un café
al alba, amor mío qué invierno
tan largo y qué punzante espera! ¿Acá
donde el mármol en la sangre es hielo, y sabe
de frialdad también el ojo, en el lejano
rumor sobre la escarcha qué tranvía
escucho, que abre y cierra en perpetuo
sus desiertas puertas?… Amor, tengo enfermo
el pulso: y si el bazo previo al estallido
sutil tiene un temblor entre los dientes, es quizá
un eco de esas ruedas. Pero tú, amor,
no me digas, hora que a veces tuya el sol
derrama, no me digas que de aquellas puertas
aquí, con tu paso, ya diviso la muerte.

Giorgio Caproni, Tutte le poesie, Garzanti, 1985. Traducción de Alfredo Soto

domingo, 9 de abril de 2017

Los tranvías que tintinean


Josep Carner 
 (1884-1970) 
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 Las bonhomías 

En las ciudades populosas, por otra parte, abundan las instituciones para el fomento y la explotación de la inocencia. Aquí tenéis los escaparates de las tiendas, las bandas militares, el cobijo de las plazas porticadas, los anuncios luminosos, el quiosco de diarios, los cafés llenos de murmullos, de música y de espejos, las calles de coches, las fachadas brillantes de los teatros, los tranvías que tintinean, los manifiestos políticos y carteles electorales, las bocas abiertas de las estaciones y los metropolitanos, las obras que destripan una calle… (pág. 22) 


No puedo dejar de simpatizar con este señor de cabello blanco, ojos humildes y gestos minuciosos que, en cuanto se ve seguro en el tranvía, se saca un diario del bolsillo, hoy, lunes, día en el que no salen, y empieza a desplegarlo… 
   [...] Creo inferiores, socialmente hablando, a los que tienen la costumbre de leer el diario en el tranvía o en la barbería. (págs. 73 y 74) 

 Josep Carner, Les bonhomies, Llibreria Catalònia, Barcelona, 1925. [Traducción JAC]

martes, 6 de diciembre de 2016

En el tranvía


Esta tarde, en el tranvía [a] Harvard, iba, borracho y lleno de nieve, Poe, ya viejo. 

Juan Ramón Jiménez, Viajes y sueños, Visor, Madrid, 2008, página 102

domingo, 6 de noviembre de 2016

Un tranvía que no existe


Tampoco vendrá, pero a ella no le importa, o no lo sabe, el tranvía de la Sierra que una mujer desdibujada por el paso de los años y la ruina espera al final del paseo de la Bomba, ante un puesto de caramelos y abalorios y pajaritas de papel que ella prepara cada mañana para vender a los viajeros de un tranvía que no existe. 

Antonio Muñoz Molina, El Robinson urbano, Silene Fábula, Granada, 1984. Págs. 55-56

sábado, 22 de octubre de 2016

Surcadas de tranvías


Marguerite Duras
 (1914-1996)
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Es en Cholen. Es en dirección opuesta a los bulevares que conectan la ciudad china con el centro de Saigón, esas grandes vías a la americana surcadas de tranvías, cochecillos chinos tirados por un hombre, autobuses. Es por la tarde, pronto. Ha escapado al paseo obligatorio de las chicas del pensionado. 

Marguerite Duras, El amante, Barcelona, 1984. Traducción de Ana Mª Moix. Págs. 48-49.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tranvía al cementerio


Rodolfo Notivol 
(1962) 
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El tranvía nos había dejado junto al cementerio. El sol comenzaba a levantar detrás de las tapias y la sombra de sus muros se estiraba sobre el suelo como si quisiera asustarnos.









Rodolfo Notivol, Autos de choque, Xordica, Zaragoza, 2003. Pág. 9.

jueves, 6 de octubre de 2016

Endecasílabo tranviario VI

56

Suben discretas 
al tranvía. Con faldas, 
las soñadoras.

57

Brilla la tarde 
en cada ventanilla. 
Gafas de sol.

58

Llega a la última 
plaza de la ciudad 
bajo la lluvia.

59

Correveidile 
en días laborables. 
Luz, en festivos.

60

Llegan y parten. 
Siempre de un lado a otro. 
Cosiendo calles.

61

Una pelota 
que bota por la hierba. 
Hacia el estadio.

62

Hasta las últimas 
casas de la ciudad 
a pleno sol.

63

Nada parece 
lejos y nada extraño, 
el hierro une.

64

Verlo venir 
desde la otra calle. 
Salir corriendo.

65

Hasta la tarde 
para ir de paseo 
sube al tranvía.

66

Vías de blanco. 
Techos blancos, sin ruedas. 
Blanca quietud.

jac

martes, 4 de octubre de 2016

sábado, 1 de octubre de 2016

El oro viejo del tranvía


Marià Manent 
(1898-1988) 
______________ 
1919. 24 de abril 

Tiene una suavidad que nos sosiega 
la doble hilera de plátanos 
que en silencio van hacia el Tibidabo 
cuando pasamos, al atardecer. 
Melenas verdes juntas, testas jóvenes, 
parece que se dicen algo a veces. 
La luz es tenue, delicada, 
se avieja el oro viejo del tranvía. 
El azul de los montes, más allá, 
con dulce curva se aparta del cielo. 
Ciudad. Orden y gente lenta. Aroma. ¿Qué aroma?


Marià Manent. L'aroma d'arç. Laertes, Barcelona, 1982. Pág. 17. Traducción de JAC

domingo, 11 de septiembre de 2016

Tranvías titilantes


Maria Gabriela Llansol
 (1931-2008)
 ______________________ 

Y QUE NO ESCRIBÍA


… los cuatro volúmenes están completamente encuadernados en piel verde Imperio, trabajados con oro fino y lucen los hierros de la época del Emperador en el punto más alto de la ciudad sobre una pequeña columna de mármol, transferidas las líneas de tranvías titilantes de la borriquilla al caballo, reparo en mí al lado de mi padre verdadero, el deseado, fuerte y casi un viejo, o de mediana edad, calvo como un cráneo, ambos sentados en el banco y acabados de llegar … 

Maria Gabriela Llansol, Depois de os pregos na erva, Afrontamento, Porto, 1973. Pág. 18

lunes, 5 de septiembre de 2016

Intransitable tranvía


Manuel de Freitas
(1972) 
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En estos nombres, y en los lugares donde podía encontrarlos sin prisas, se resumía, al fin y al cabo, una ciudad que está siendo ahora saqueada por un nuevo tipo de barbarie: el turismo. La Baixa de Lisboa se ha convertido en irreconocible, recorrida por bandas acéfalas que fotografían ávidamente cualquier retal de calle o de intransitable tranvía. E incluso evito ir a Alfama, invadida por esa misma gente que consigue ser, a pesar de su diversidad geográfica, asustadoramente igual.

In «As coordenadas líricas (urnas no deserto)», Cão Celeste, 9. Lisboa, Julho, 2016

martes, 30 de agosto de 2016

Los tranvías que bajan suicidas


César Martín Ortiz 
(1958-2010)
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Interior lisboeta 1980

La República son unas negras correas y unas botas negras.
Dona Alice las pule, las frota, relucen con brillo elegante y gracioso.
La República es una gorra gris con un galón dorado.
El guardia, de pie en la terraza trasera, de pie en la cocina se toma un café.
Dona Alice se lo ha preparado en un blanco puchero de loza.
Dona Alice abrillanta botones con un trapo sutil
y un producto químico que saca de un frasco especial.
Los hombros del guardia son redondos y rojos igual que su calva.
Redondos y rojos. Está en camiseta sin mangas.
La República es una guerrera con muchos botones dorados.
Dona Alice los frota amorosa, les echa el aliento. Sus dedos tan finos.
Los hombros redondos y rojos del guardia que toma café en la cocina,
el café, el cigarrillo después. La República es ese cepillo
que los dedos delgados tan suaves deslizan por el paño gris.
La República es esa blancura impoluta de la camiseta y de los calcetines.
DonaAlice los lava, los seca, los plancha a diario con amor incesante. Sus dedos finísimos.
El hombre que fuma y que toma café tiene el pecho de un toro.
Rojo vello se asoma al escote de su camiseta.
Dona Alice es delgada, morena, tiene algunas canas, un vestido negro; puede que sea viuda.
Por la noche sus dedos delgados, morenos seguirán frotando,
deslizándose como culebrillas por el pecho frondoso del hombre que toma café,
frotando, puliendo, tan dulces, mojados en líquidos suaves,
mientras los tranvías que bajan suicidas Calçada da Estrela
chasquean con dedos de hierro gigantes, torcidos, la noche de agosto
y lanzan al cielo chispazos violentos como flores de orgasmo.

César Martín Ortiz, Cien centavos, Baile del Sol, Tenerife, 2016. Pág. 103-104.

jueves, 18 de agosto de 2016

Coches y tranvías yendo de acá para allá


Cormac McCarthy 
(1933
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La música cesó de repente y solo se oyó el incómodo moverse de la multitud, el rumor grave de los motores. Los banderines y los carteles fueron quedando quietos para engorro colectivo, como si alguien hubiera muerto, y siguieron así hasta que el último autocar —los rostros menudos mirando solemnes como refugiados— hubo rebasado el puente y por tanto la ciudad. La multitud se fue dispersando en las calles y el tráfico se reanudó, coches y tranvías yendo de acá para allá.

Cormac McCarthy, El guardián del vergel, Debolsillo, Barcelona, 2014. Traducción de Luis Murillo Fort. Pág. 74

jueves, 28 de julio de 2016

No se salen los tranvías de sus carriles


E J E M P L O  D E  O B S E S I Ó N 

Se dio cuenta de que venía a lo lejos un tranvía desbocado, saliéndose y volviendo a entrar en los carriles, porque las vías están imantadas. ¡Ah, gracias a eso no se salen los trenes y los tranvías de sus carriles y no se van al abismo más veces!
 Pensó enseguida: «ese tranvía viene por mí, quiere atropellarme, no hay remedio» y se paró en medio de la vía.
   En efecto, a lo lejos el tranvía venía ardoroso, biselando los raíles, dibujando las curvas con sorprendente y ceñido contoneo, sacando en el acero brillos como los que las buenas planchadoras sacan a las tirillas almidonadas. 
  «No hay remedio —se volvió a decir—, viene por mí, me busca, me sigue disparando, logrará pasar sobre mi cadáver. 
  Y el tranvía desbocado, en la hora de la velocidad, en el delirio del último viaje, con el cartel de A CERRAR en la pechuga pasó por encima del obsesionado. 

Ramón Gómez de la Serna 

Revista Ultra, 22. 1922 (in Rosa Polipétala, ed. de Eduardo Chirinos. Centro Cultural Generación del 27. Málaga, 2015. Pág. 104)

viernes, 1 de julio de 2016

Tranvía amarillento y desvencijado que iba calle abajo


Mempo Giardinelli 
(1947) 
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EPÍLOGO 

Ah, París, con sus cúpulas y sus techos apizarrados trasladándose de los sentimientos a las postales. París. Tan diferente de esta ciudad achaparrada que ahora veía desde el octavo piso del Hotel Guaraní. Esta ciudad subdesarrollada, sucia, pero empecinada en su belleza colonial, en aquel tranvía amarillento y desvencijado que iba calle abajo y se perdía entre las tejas de una casa de, acaso, el siglo pasado. 

Mempo Giardinelli, Luna caliente, Bruguera, Barcelona, 1986. Pág. 164

miércoles, 29 de junio de 2016

Un perro en el tranvía


Imre Kertész 
(1929-2016)
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YO, OTRO 


Las numerosas señoras ancianas, frágiles y delicadas, que se encuentran en Viena. Estiro la mano, ayudo a una a bajar del tranvía o de la acera. Algunas me lo agradecen, otras me miden con una mirada suspicaz; nunca, sin embargo, con la suspicacia con que me miro a mí mismo. (Pág. 19)



Una pareja: arrimados el uno al otro, temblando de frío en la Schwarzenbergplatz, esperando a horas nocturnas el tranvía de la línea D. (Pág. 21)


Canícula en Budapest. Anoche, un perro en el tranvía, un teckel color canela. Abatido, sentado bajo el asiento, a los pies de su amo. Sus ojos negros llenos de una profunda tristeza se cerraban poco a poco. Dos lágrimas bajaban por su cara canosa. Los golpes de la puerta lo aterraban; se incorporó con dificultad, pero enseguida le ordenaron: ¡siéntate!, y hasta le empujaron el trasero hacia abajo. Obedeció pestañeando apáticamente. En cada uno de sus rasgos traslucía la absoluta futilidad de la existencia y, al mismo tiempo, la paciencia a la que lo obligaba un hechizo… (Pág. 26)


Para mi desgracia me encuentro en el tranvía con Sz., que se ha venido abajo a ojos vistas, por así decirlo, y está hecho un cascajo. Me reconoce. Hace tiempo que no me ve, dice. Menciono, olvidando toda cautela, mi estancia en Múnich. Empieza a enumerar sus recuerdos de Múnich de los años sesenta. Que recogía guijarros en el curso superior del Isar, que recibió sesenta marcos del ayuntamiento, que se compró una herramienta que ha cuidado tanto que hasta el día de hoy ni siquiera ha usado, etcétera, así hasta el infinito. (Pág. 54)


El calor sofocante en el tranvía, los rostros desgastados, dementes o brutales, la joven mujer con la falda subida que «se humedece los labios» coquetamente con la lengua color violeta que parece una sanguijuela hinchada. (Pág. 103)


Por la noche, mientras cruzaba ese apocalipsis llamado Moszkva Tér, oí un fuerte golpe que provenía de los mal iluminados raíles del tranvía. (Pág. 119)


Luego —¿o es que ocurrió antes?—, cuando corro tras el tranvía en Basilea, y el agua me entra por el cuello bajo la ropa y borbotea en mis zapatos. (Pág. 133)

Imre Kertész, Yo, otro. Crónica del cambio. Acantilado, Barcelona, 2002. Traducción de Adan Kovacsics.