domingo 15 de noviembre de 2009

Letra de tango

TIEMPO DE TRANVÍAS
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Tiempo de tranvías tropezando el empedrado.
Patios que se abren a la luna y al parral.
Mágicos zaguanes con temblor de besos largos.
Penas de ginebra que tanguean en el bar.
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Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso.
Noches con la barra en la esquina fraternal.
Sábado y milonga que promete el club del barrio
y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual.
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Tiempo de tranvías,
que allá se desbarrancaron.
De los carnavales
que fueron de otra ciudad.
Te vieron mis ojos pibes
encendidos y asombrados.
Te canta mi tango nuevo,
con ganas de recordar.
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Tiempo lindo de tranvías,
que fueron de otra ciudad...
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Fueye de Pichuco cuando el gordo era muchacho.
El violín de Gobbi y la orquesta de Caló.
Barras milongueras de Pugliese en cada barrio.
Tangos del 40 que canté con otra voz.
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Era mi Corrientes colmenar de tango vivo.
Era cada ochava la promesa de un cantor.
Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos.
Sé que ya el olvido no podrá jamás con vos.
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Tiempo lindo de tranvías,
que fueron de otra ciudad...
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Letra de Héctor Negro y música de Raúl Garello

jueves 5 de noviembre de 2009

Las barricadas con tranvías, y 2


Semana Trágica de Barcelona, 1909

domingo 1 de noviembre de 2009

Las barricadas con tranvías, 1

Tram. Foto de Cédric Vigneault
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En via Foria, las barricadas con tranvías detuvieron durante horas a los carros blindados Tigre. Al final consiguieron pasar, pero no a via Roma. De los callejones de monte arriba bajaban al asalto hombres y muchachos arrojando bombas y fuego en medio de las orugas. Contra aquel montón de endemoniados, los acorazados no podían hacer nada, se retiraron.

Erri de Luca, El día antes de la felicidad
Siruela, 2009. Pág. 117

jueves 29 de octubre de 2009

El tranvía que pasa entra en las casas


Nuestros cuerpos entran en los divanes en los que nos sentamos y los divanes entran en nosotros, así como el tranvía que pasa entra en las casas, que a su vez se abalanzan sobre el tranvía y se amalgaman con él.

Umberto Boccioni, Estética y arte futuristas.


domingo 25 de octubre de 2009

El tranvía que parece una bandera española con ruedas y moño

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Luis Figuerola-Ferretti

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EL TRANVÍA
QUE PARECE UNA BANDERA ESPAÑOLA
CON RUEDAS Y MOÑO

Los niños que han nacido de unos años a esta parte no saben lo que es un tranvía más que por lo que ven en las postales que les mandan sus tíos, los emigrantes, desde Friburgo o Colonia. Mis hijos no tienen ni idea de para qué sirven, porque los pobres hace tiempo que fueron borrados de la geografía madrileña.
Aún hay calles donde permanecen sus huellas metálicas, los raíles, como última meada indeleble de una de los medios de transporte urbano más simpáticos y de más hondo sabor popular. Y, todavía, hay quien aprovecha el encanto de los tranvías para plantarlos al borde de algunas carreteras y anunciar una marca de turrón o un establecimiento de muebles. Pero así, tranvías en la calle, con sus chirridos y sus chispazos, que en la noche producían el mismo efecto de un relámpago, ya no se pueden ver.
Mi tranvía es la reproducción de un modelo que nunca vi por nuestras calles. La forma del trole -un doble rombo tumbado- me recuerda a algunos de los tranvías que he visto fuera de España, quizás porque en Europa conservan mejor las tradiciones, aunque éstas sean tan intrascendentes como un vehículo de transporte colectivo. Pero los tranvías españoles en los que tuve la suerte de viajar llevaban como trole una larga barra metálica, al final de la cual iba una ruedecita que impulsaba el pesado armatoste. Era un trole más espiritual; aunque no caía perpendicularmente al plano formado por el techo del tranvía, diseñaba un recorrido ascendente hacia el cielo. El tranvía presentaba de esta forma un aspecto original y de cierto vuelo.
Seguramente las almas de muchas personas muertas en gracia de Dios empleaban el trole para subir al cielo. Y no hace falta tener mucha imaginación para comprender que los frecuentes desenganches del trole, con el espectacular relumbrón del chispazo, eran producidos por almas que pesaban mucho.
Cuando ocurría esto, el conductor o el cobrador se bajaban, cogían la cuerda que colgaba del trole y colocaban de nuevo éste bajo el cable. A veces, si tenían prisa o hacía mucho frío fuera, decían barbaridades:
-¡Me cago en sus muertos!-.
Pero claro, los pobres no sabían que los muertos ya no pueden ser objeto de cagadas, porque son espíritu sin materia, y vaya usted a encontrar un alma que se deje pintar de marrón.
A pesar de que, como ya he comentado, mi tranvía no tiene una silueta típicamente española, sus colores -como los de casi todos los juguetes de mi colección- respiran nacionalismo.
Está pintado en tojo y amarillo, como los letreros de los estancos. Para explicar esta explosión de patriotismo, hay que bucear otra vez en los turbios años de posguerra, cuando cualquier síntoma extranjerizante era juzgado como filomarxismo, masonería o sospechoso prosemitismo. Al pobre Athletic de Bilbao le prohibieron la th, y tuvo que llamarse desde entonces Atlético de Bilbao, lo que a la refitolera afición vasca, con conocida proyección hacia Inglaterra, no le debió sentar nada bien. Otros intentos más peregrinos, como el de rebautizar el fútbol con el vocablo español de balompié o el de llamar a nuestro brandy jeriñac, se estrellaron contra el buen sentido popular, que prefería seguir llamando al pan pan y al coñac coñac.
Mi tranvía aparece ahora vacío y solo. Este es el drama de casi todos los juguetes viejos. Ni siquiera el conductor, que es, como el capitán del barco, el último en abandonar. Después de observar muchas veces que el tranvía se entristece cuando se encuentra solo, he tratado de convencerle de que el conductor bajó un momento a comprar tabaco y a hacer aguas. Pero claro, son ya demasiados años meando, y el tabaco tampoco hay que ir a buscarlo a China. El pobre tranvía no se lo cree.
Entonces procuro entretenerle contándole historias sucedidas a bordo, y que él, que por mandato celestial no puede tener entendederas, nunca llega a comprender.
—Un día, ¿sabes?, una señora dio a luz. Estaba muy gorda, gordísima, y en un frenazo casi echa el niño por la boca. Al conductor, que se llamaba, Emeterio, se le cruzó de improviso un ciclista, y por no atropellarle tuvo que jugarse la vida de algunos pasajeros. Un funcionario de Hacienda se hizo un chichón y dijo que denunciaría a la E.M.T. por incompetencia de sus empleados. Otra señora muy anciana se quejó de que le habían pisado los pies y tenía los juanetes inflamados. Pero todos tenían buen corazón, y al enterarse de que lo más grave era el nacimiento inminente de un niño en el tranvía se calmaron. El conductor, muy protocolario, les rogó que desalojaran el vehículo y se aprestó a hacer de comadrona. El cobrador corrió en busca de un médico. La viejecita hizo de oficiante. Había sido enfermera durante la guerra. La señora parturienta pasó lo suyo, pero al fin soltó la habichuela: una niña morenita. Emeterio lloró de emoción y propuso que la llamaran Tranviíta. Sacó de su bolsillo dos billetes sucios de una peseta y se los dio a la madre, sudorosa y sangrante todavía.«Tome. Yo provoqué el parto, y quiero ser la primera persona que le haga un regalo. ¡Viva la niña!».
El tranvía se alegra cuando oye sucesos como éste. Por eso no le cuento los numerosos casos de carterismo registrados sobre su plataforma, ni la larguísima sucesión de metidas de mano y demás toqueteos que ha fomentado con las aglomeraciones en las horas punta.
—Además, tú eres grande. Eres como una estatua rodante elevada a la igualdad, porque pobres y ricos, fontaneros y marquesas, funcionarios y mendigos, encontraban cobijo en ti. Los más poderosos pagando billete: quince, veinte, cuarenta céntimos. Los desheredados de la fortuna, de valdivia, como dicen los horteras madrileños. ¿Que es que no te acuerdas de los que se enganchaban del estribo? ¡Si había veces que parecía el palo de un gallinero al anochecer…!
Mi tranvía no habla, pero se filtran por sus ventanas melancólicos silencios cuya clave es fácil descifrar. En el fondo, no está convencido de haber sido nunca un instrumento que favoreciera las reivindicaciones del pueblo. Ni siquiera recuerda haber recorrido los Bulevares, o el Paseo de la Delicias, porque él sólo es un juguete, y los juguetes nacían por entonces en un pueblo de Alicante llama Ibi, y morían descuartizados en cualquier rincón burgués por la furia destructora de un chaval en la flor de la vida, sin que se les promocionara a más altas misiones.
Jubilado ya, el tranvía se limita a conservar orgulloso la enseña nacional sobre sus magras carnes. Es un tranvía de trole europeo, como el moño de un ave, pero nacional hasta la médula por real decreto. Sin embargo, su gran valor no es ese. Hay que pensar, por su bien, que aún resuenan en su interior voces del cobrador (¡Vamos ya, Marcelino! ¡Remueve la mercancía, que vamos pa Colón!), lamentos del conductor Emeterio (¡Será joputa el taxista ese! ¿Se creerá que el Jíler y que toa la calle es suya?), agudas observaciones de un ebanista al contemplar a una modistilla que se ha subido en la misma parada que él (¡qué buena está la gachísi… ¿Oye nena, te gustaría ir al cine Postas con el chachi…), desvergonzadas canciones de un grupo de estudiantes que van a la Universidad de San Bernardo (¡Que te lo han tentao, que te lo han tentao, cochina-marrananoha-ber-te-dejao!) y otros mil ecos de pueblo español, agudo y filosófico, socarrón y vivalavirgen, como dicen que es.
Juguete evocador de gratos recuerdos, por lo mucho que me gustaban los tranvías de verdad con su amplio muestrario de tipos para admirar y estudiar, esta pieza ocupa un lugar de honor dentro de mi colección. Y eso que se me ha olvidado mencionar al ciclista aprovechón, que se enganchaba de sus harapos y se dejaba arrastrar para economizar energías. Y a la colegiala pacata, que por temor al pecado de la carne se protegía junto al con ductor del achuchón colectivo. Porque si lo llego a enriquecer aún más ampliando sus anécdotas, tendría que donarlo al «Museo de la Imaginación», que alguna vez, digo yo, se fundará para recreo y solaz de la humanidad.

Juguetes de hojalata, Ed. Del primor, 2000

viernes 23 de octubre de 2009

El lento adiós de los tranvías

domingo 18 de octubre de 2009

Por allí va

Tranvía de San Sebastián a Tolosa

Karmelo C. Iribarren
( 1 9 5 9 )
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D O M I N G O

Por allí va,
cerrando
el día,
el último
tranvía.

Huacanamo, Barcelona, 2009, Pág. 43.

lunes 12 de octubre de 2009

El temor a los tranvías

Jordi Bonells
(Barcelona, 1951)
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En el gueto, los niños juegan tranquilamente en medio de la calle sin temor a los automóviles que apenas pasan; en el Ku’damm, los automóviles y los tranvías circulan no menos tranquilamente sin temor a atropellar a los niños que se quedan jugando en los jardines de sus mansiones o andan por la vereda de la mano de un adulto, de su mami, de la mucama o de una tía.
(Pág. 140)
Y del marido de la viuda Gómez... un gallego que había montado un boliche en el Bajo y al que le iba bien antes de que lo atropellara un tranvía... se da usted cuenta, nos decía la viuda Gómez lloriqueando, en Camariñas —eran de Camariñas, en La Coruña— yo insistí para que dejara la mar y la pesca del bacalao porque era peligroso... éramos jóvenes... nos vinimos para aquí por mí y aquí va y le atropella un tranvía... no me lo perdono... no me lo perdonaré nunca, y nos agarraba el brazo para sentirse reconfortada a pesar de nuestro silencio...
(Pág. 150)

Dar la espalda
Alianza Literaria, Madrid, 2009

viernes 9 de octubre de 2009

Y los tranvías arrullarán al niño que duerme

Liverpool tram, 1949. Photo N.N. Forbes
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Malcolm Lowry
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________(1909-1957)________
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EL PASADO QUE FLORECE

No hay poesía cuando se vive aquí.
Estas piedras son tuyas, esos ruidos son tu mente,
A los rechinantes tranvías y las calles que te unen
Al soñado bar donde se sienta la desesperación,
Son tranvías y calles: la poesía está en otra parte.
Los rótulos de cines y tiendas, una vez dejados atrás
Y añorados, no se vuelven a añorar. Extrañamente crueles
Parecen mojones absolutamente nuevos del aquí y ahora.

Pero desplázate hacia Nueva Zelanda o el Polo,
Y esas piedras florecerán y los ruidos cantarán,
Y los tranvías arrullarán al niño que duerme
Que nunca descansa, y cuyo barco siempre dará vueltas,
Que nunca podrá volver a casa, pero que, sin embargo, debe traer
De vuelta a Ilión extraños trofeos, ¡y salvajes!

Traducción Mariano Antolín Rato

jueves 1 de octubre de 2009

Fenomenal


Germán Gullón
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EPÍSTOLAS ANACRÓNICAS

Déjame que coja el hilo, ya, lo de los tranvías, diríase que más que pintados van grafiados, decorados en el exterior. Mis chavales disfrutan muchísimo en los tales tranvías, sobre todo uno que hay decorado (grafiado) con unos dibujos a la Joan Miró de Viva Air, la compañía chárter española que hace vuelos de Amsterdam a Alicante, un puente ahora que enlaza las brumas holandesas con el sol mediterráneo. Total, cuando estamos en la parada esperando al tranvía y aparece el Viva Air, mis hijos y yo estallamos en grandes alegrías para estupefacción de los holandeses. Estos tranvías eléctricos son rápidos, seguros, limpios, en fin, fenomenal.

Azulete
Destino, Barcelona, 2000. Págs. 141-142.

domingo 27 de septiembre de 2009

Los tranvías y trolebuses de mi ciudad


Fernando Sanmartín
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EL ASOMBRO
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El asombro sirve para vivir, para que sepamos que no todos los portales son iguales, para que la sorpresa se convierta en una pelota de nieve que alguien nos lanza con cariño.
Yo me dejaba asombrar por muchas cosas. Por los tranvías y trolebuses de mi ciudad, hasta que desaparecieron. Por los Ejercicios Espirituales, que tenían algo de extraño dentífrico para nuestras almas. Por Ben-Hur, una película que vi en el cine Fleta y que duraba toda la tarde. Por los vehículos de las funerarias, ante cuyo paso muchas personas se santiguaban, lo cual yo no entendía.

La infancia y sus cómplices,
Xordica, Zaragoza, 2002 - Pag,72.

martes 22 de septiembre de 2009

Viaje feliz como aquellos en tranvía


Antonio Sáez Delgado

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VENTANAS

¿Tendrán su propia vida, más allá
de este instante, sus moradas y
trabajos todos aquellos rostros que
aparecen fugaces, sin llamarlos
nunca, a través de la ventana agreste
del vagón en que viajamos, como si
el ferrocarril entero fuésemos
nosotros y sintiésemos cada una
de las miradas irrepetible y
llena de candor, como lo único
que sucederá en todo el mundo
en ese preciso instante, aún
sin saber, si imaginar siquiera
sus nombres y moradas, sus trabajos
y razones para la despedida?

¿Por qué razón no será este viaje
feliz como aquellos en tranvía,
a principios de siglo, si es la misma
ahora la velocidad con que nos
desplazamos? ¿Por qué no podrá ser
nunca igual, si el paisaje es el mismo,
iguales los nombres, ruinas y árboles?

Miradores
Del Oeste Ediciones, 1997. Pág, 19

domingo 13 de septiembre de 2009

El lamento de los tranvías mientras se pierden de vista


Elías Moro Cuéllar
( 1 9 5 9 )
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HE NOMBRADO

He nombrado lo que en la sombra no se ve:
el canto estéril de los metales entre las manos del herrero,
la paciencia de quien escucha las entrañas de la noche
y es feliz con su vigilia,
el sosiego que se ha perdido desde tus labios hasta mi huida,
el lamento de los tranvías mientras se pierden de vista
por las rampas del olvido,
el olor del pan sobre la mesa del hambre y la penuria,
la caricia que se esconde entre los pliegues de tus manos,
el temor del solitario y sus ensueños

he nombrado todo lo que he podido,
lo que en la sombra no se ve

ahora es el turno del silencio

lunes 7 de septiembre de 2009

Tiempo de tranvías


JUAN MARÍA CALLES
( 1 9 6 3 )
_____________________
MENDIGO EN EL HUMO
El poeta es el sacerdote de lo invisible
WALLACE STEVENS

Te has sentado en el centro de la tarde
a escuchar esa luz de oro viejo
que cae lentamente entre los pinos.
Es tiempo de tranvías y hojas secas
Exiliadas bajo una misma sombra.
Es el momento exacto del humo y del umbral,
del sueño y la memoria;
pero nada es igual y tú lo sabes,
ni la torre que se hunde,
ni el niño que muere en brazos de un adolescente rumoroso.
[...]
Materia sensible (Antología poética)
ERE, Mérida, 2008

jueves 3 de septiembre de 2009

La última parada

El chico de las cejas de media luna le informó que debían tomar un tranvía. Aquello sorprendió a Ryuji, pero no puso objeción alguna: comprendía que para unos muchachos de aquella edad era importante el escenario. Nadie hizo ademán de apearse hasta la última parada, en Sugita, lejos y al sur de la ciudad.
—¿Eh, adónde me estáis llevando, chicos? —preguntó repetidas veces, como si el asunto lo divirtiera. Había decidido pasar el día con ellos y no convenía mostrarse molesto en ningún caso.
[…]
Una vez apeados del tranvía, los chicos empezaron a remolcar a Ryuji hacia una carretera que se internaba en las colinas.
—Eh, un momento —protestó—. Nunca he oído hablar de ningún dique seco en las montañas…
—¿No? En Tokio, sin embargo, el metro circula por encima de las cabezas.
—Bien, ya veo que no soy contrincante digno de vosotros.
Ryuji dio un respingo y los chicos aullaron, enteramente satisfechos de sí mismos.

Yukio Mishima
El marino que perdió la Gracia del mar
Bruguera, Barcelona, 1980
Traducción de Jesús Zulaika Goicochea
Págs. 179 y 180.

lunes 31 de agosto de 2009

De libros, tranvías y otras penurias

martes 25 de agosto de 2009

Casi presurosos


Agustín López Ramírez
galeno y poeta de Camagüey
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L O S T R A N V Í A S

Camagüey tenía veinte exactamente,
carromatos eléctricos ruidosos
que la surcaban casi presurosos
pese al ritmo pausado de la gente.

Sobre rieles de anchura diferente
contoneábanse en gestos voluptuosos,
y a su vaivén viajeros valerosos
chocaban entre sí efusivamente.

Animales y carros asustados,
como de algún dragón de años pasados,
compartían los azares de las vías.

Todos color naranja, ¡eran tan bellos!
Camagüey, que creció gracias a ellos,
trepó a ciudad en cables de tranvías…

lunes 10 de agosto de 2009

El tranvía de Hiroshima. En recuerdo

Nakano Kenichi

sábado 8 de agosto de 2009

Me encantaba aquel tranvía azul que tenía un olor muy característico

Zafer Şenocak
( 1 9 6 1 )
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Una herencia peligrosa

Habría preferido ir con el tranvía hasta Grünwald, donde el padre de mi madre tenía una pequeña casa, nuestra casa. Pero el tiempo apremiaba. En la familia se hablaba de la «cabaña», que sin embargo poseía un cierto valor debido a su ubicación en el elegante Günwald.
Los nazis la habían utilizado como lugar de reuniones para la Juventudes Hitlerianas. Crecí en esta casa. Me gustaba jugar en el desván porque el jardín era demasiado peligroso. Un día me encontré una serie de fotos en una caja cubierta de polvo oculta bajo un montón de herramientas. En todas ellas aparecía un hombre con un extraño bigore. Cuando mostré las fotos a mis padres, las quemaron inmediatamente en la chimenea.
(Pág. 27)

Foto Polizei Berlin

«Con frecuencia uno siente que le han operado el alma, y sin anestesia», me decía hace poco un señor mayor con el que entablé conversación en el tranvía.
(Pág. 50)


A veces acompañaba a mis padres a hacer la compra. Íbamos a la ciudad en tranvía. Me encantaba aquel tranvía azul que tenía un olor muy característico, que daba dolor de cabeza.
(Pág. 124)

Foto Isar Steve

Voy con el tranvía y llego a su casa en media hora. Todavía no puedo creer que este mundo sólo esté a a media hora de distancia del mío, y no a cuarenta años.
(Pág. 133)

1802

En el tranvía miraba instintivamente las cara de la gente a mi alrededor. Tampoco ellos me darían ninguna explicación sobre mí. Aparte de eso, de todos modos, mi historia les era indiferente.
(Pág. 136)

Berlin, 1936

Cuando pasó un tranvía atronador ocultando por un momento su voz, esa voz que me había sumido en mis propios pensamientos, me di cuenta de que apanas lo estaba escuchando.
(pág. 137)

Ed. Pre-Textos. Valencia, 2009

jueves 30 de julio de 2009


TRANVÍA II
El azar de las calles: una oculta pasión, misteriosa y difícil. Huele a limpio el verano entre la ropa tendida. El esfuerzo húmedo del aire contra el cielo es una transparencia, la quietud admirable de un enigma que no descifro, que me puede. En medio de las calles, el bullicio lento de los tranvías que atraviesan la ciudad se desvanece. En las aceras, la mansedumbre y la tristeza de las gentes que pasan, el sosiego secreto de sus cuitas, el silencio solo… Si te llegas aquí, a estas calles, el tiempo es otro, insondable, más leve, menos torpe.

Ángel Campos Pámpano
La ciudad blanca
Ed. Calambur, 2008, pág. 36

viernes 10 de julio de 2009

Aniversario

domingo 5 de julio de 2009

La cristalera que temblaba con el paso del tranvía


En el Largo do Portazgo, junto al puente de Santa Clara, recordamos a Miguel Torga, que aquí tenía su consultorio. Luego, la rúa Ferrerira Borges. Le señalo a Alfonso el lugar donde estuvo el café Arcadia, ahora ya tan perdido como el joven que en una esquina, junto a la cristalera que temblaba con el paso del tranvía, escribía versos y esperaba a quien siempre llegaba tarde o, muy a menudo, nunca.

José Luis García Martín
A decir verdad
Llibros del pexe, 2006, pág. 230

jueves 2 de julio de 2009

Álbum de Estambul




Fotos de Yolanda Soler

lunes 29 de junio de 2009

Vuelvo a ver a mi madre


Desde el tranvía que me regresa a Pest vuelvo a ver a mi madre. Se ha multiplicado y la veo en la multitud de señoras que a todas horas recorren la ciudad. Mártika, muchas veces clonada, está por todas partes. Budapest está llena de ella, de ellas. Un invencible ejército de doñas se despliega por las calles, toma el tranvía, los autobuses, cargando bolsos, paquetes y canastas de hortalizas. ¿No serán ellas las huestes del príncipe Csaba que dice el mito? Vendrán por la Vía Láctea a salvar de sus enemigos a la nación magiar.

Kalman Barsy
Los veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 172

jueves 25 de junio de 2009

Farkasrét


A pie y en tranvías crucé y descrucé la ciudad donde había nacido; Budapest latía en torno mío como una placenta. ¿Cuándo había tenido yo antes esta sensación? Una callada euforia iba creciendo en mi interior. Me sentía liberado, sin saber de qué, como si una piedra me hubiera caído del corazón. El tranvía amarillo trepa por la cuesta del Sashegy. En lo alto del cerro la estación terminal: el cementerio de Farkasrét. «Pradera de lobos»; ¿existe otra ciudad con un nombre así para un cementerio?

Kalman Barsy
Los veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 171

jueves 18 de junio de 2009

El tranvía homicida

Dresde. Foto de Herr Böb.

José María Cumbreño

( 1 9 7 2 )

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Febrero de 2008

La escapada de los jueves por la mañana. En la librería San Francisco. Sobre las estanterías del fondo, un rótulo en el que se lee Extremadura. Reproduzco el título de la joya que he encontrado allí.
Vicente Marcos.
Mi tierra. Las Hurdes (Cáceres).
La historia de un extremeño:
—Arrastrado por la ternera.
Arrollado por el tractor.
Atropellado por un tranvía.
A continuación se reproducía, como para conferir más dramatismo aún al relato, las correspondientes fotos de la despiadada vaca, el alevoso tractor y el tranvía homicida.
Daba toda la impresión de que las tres imágenes las habían recortado de cualquier revista.
Con razón decía mi abuela que a ella lo que le gustaba de los libros era mirar los santos.

Límites y progresiones

domingo 14 de junio de 2009

Sus olores en el tranvía

Foto Tildy Tibor

De pronto los siento ajenos, con sus olores en el tranvía, asoleándose en los bancos de las plazas, por las calles con su trajín, siempre cargando algún bolso, paquete, protafolios, algo. Aquí también soy un extranjero. Los días de sol la ciudad parece de fiesta, iluminada por el espinazo de luz del gran río que la atraviesa. «Budeapest es una ciudad de vistas panorámicas y pequeños rincones», leo en cuatro idiomas en el folleto gratuito de la oficina de turismo. Es una remanida descripción que le cuadra a casi todas las grandes ciudades, acertada en un sentido genérico como la mayoría de los lugares comunes, pero en el caso de Budapest efectivamente hay un contrapunto especial entre los espacios abiertos y los rincones íntimos, más que en otras ciudades, como un claroscuro que la permea toda.

Kalman Barsy
Los veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 111-112

sábado 13 de junio de 2009

Avenidas, calles, tranvías, puentes

Fotó: Tim Boric

Caminaba yo sin rumbo por Budapest —avenidas, calles, tranvías, los grandes puentes sobre el río— pero mis pensamientos no me permiten todavía registrar las impresiones del momento presente. Tengo hambre. En la terraza de un café a la orilla del río pido un menú turístico en cuatro idiomas. Todavía no he llegado del todo, se puede decir, el mozo me habla en alemán. Después de la comida y el vino me da sueño. ¿Dónde estará mi hotel? El Danubio centellea en el sol como un espejismo.

Kalman Barsy
Los veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 105

jueves 4 de junio de 2009

Como los amantes


«Los tranvías son como los amantes que se entretienen
en las plazas porque no saben decirse adiós»

Mauricio Wiesenthal

lunes 1 de junio de 2009

Se marcharon los tranvías

Foto de chausson bs

F r a n c i s c a
A g u i r r e

( 1 9 3 0 )
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TRANSPARENCIAS

A Marian Hierro

Un día se marcharon los tranvías.

Igual que las famosas golondrinas
se marcharon un día los tranvías
cargados con historias enigmáticas
con pequeños fragmentos anodinos
que una vez fueron parte inapreciable
del oculto tesoro de la vida.

En algún cementerio de chatarra
deben yacer absurdos y apagados
los alegres tranvías de otros tiempos
con sus troles y sus asientos de madera
cubiertos por el musgo del recuerdo
asustados ante el orín del abandono
y sin saber qué hacer con tanta vida
como un día cargaron en sus cuerpos
llevándola tranquilos e inocentes
hacia un destino tan absurdo y ciego
como el triste almacén en que ahora yacen.

Olvidados y quietos los tranvías
lloran como nosotros la nostalgia
de aquel trayecto que cumplieron mansos
sin entender por qué todo sucede ahora
lejos de su armazón abandonada.

Tal vez un día vuelvan los tranvías
y se pongan delante de nosotros
y veamos en sus asientos de madera
las carteras los cuentos los tebeos
la cesta de la compra papeletas de empeño
cartas de amor un libro de poemas
recordatorios cromos flores secas
y montones de sueños olvidados
igual que los alegres tranvías de otros tiempos
que ya nadie recuerda y que se pudren
en algún arrabal de la miseria.


La herida absurda
Bartleby Editores, Madrid, 2006.

martes 26 de mayo de 2009

Tranvía a caballo

Ernst Jünger
(1895 - 1998)
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Como notificó el policía, el muchacho se había parado en medio de la calle, casi al final del camino a la escuela, justo cuando el tranvía a caballo se acercaba al trote y el cochero tocaba la campanilla como un poseso.
Cuando el padre le pidió explicaciones detalladas, Wolfram no logró acordarse de nada, salvo de que el conductor le había agarrado por el cuello y le había zarandeado.
—¡Pedazo de bruto!, ¿quieres que por tu culpa me metan en el talego? ¡Seguro que lo has hecho a propósito!
Si Wolfram no hubiese ido tan bien vestido, el conductor le habría propinado una buena bofetada; pero se contentó con entregarlo al policía que pasaba por allí haciendo su ronda.

Venganza tardía. Tres caminos a la escuela.
Tusquets editores. Barcelona, 2009. Pág. 30.
Traducción de Enrique Ocaña.

domingo 24 de mayo de 2009

Me acuerdo de los juguetes

Elías Moro

( 1 9 5 9 )

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ME ACUERDO

ME ACUERDO de los jueguetes de cuerda y lata: el camión de los bomberos, el patito nadador, el tranvía con los viajeros pintados en las ventanas... Nicanor el del tambor acabó con todos ellos.

Me acuerdo, Calambur, Madrid, 2009. Pág. 58

jueves 21 de mayo de 2009

He rozado el tranvía

Varsovia

Tadeusz Dąbrowski

( 1 9 7 9 )


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[ T R A N V Í A ]

¿Cuántas veces he muerto en mi vida? –es difícil decirlo,
pero seguro que he muerto. Hoy he rozado
el tranvía y he visto mi muerte; el cuerpo estaba
junto a la vía, y yo seguía caminando

por la avenida de los tilos. O hace nueve años,
cuando me metí con la bici debajo del Peugeot
del conde, y partí la luna con la cabeza –
¿no pude morir entonces? O aquel niño

de siete años que paseaba por el borde del tejado
salvado por un milagroso calambre
en el gemelo derecho, ¿no habrá dejado allí abajo su propio
cadáver? Recuerdo decenas de muertes así

¿cuántas me habrán pasado inadvertidas? Probablemente
desde hace años me voy elevando a esferas más altas
del cielo. Pero apenas hace un tiempo que me entra
el miedo de que este continuo morir se acabe. Porque cómo

puedo saber si la repentina oscuridad –ahora que
me levanto tras haber caído, intentando sacudirme la
suciedad,
esta oscuridad en la que los árboles crecen con las raíces
hacia arriba- es el infierno o el cielo en una avanzada tarde de
diciembre?


Te deum
Traducción de
Abel Murcia

viernes 15 de mayo de 2009

Mira las avenidas


Antonio Crespo Massieu
(1951)
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EL PELUQUERO DE DIOS

Y Samuel se ve a sí mismo pequeño, casi diminuto, corriendo con pantalón corto y gorra con visera por las calles empedradas de Varsovia. Subiendo al tranvía, comiendo una manzana en la plataforma mientras mira las avenidas hermosas de la ciudad de su infancia.

El peluquero de Dios
Narrativa Bartleby, Madrid, 2009, pág. 30

jueves 14 de mayo de 2009

El cumplimiento de todos los sueños

1930

Antonio Crespo Massieu
(1951)
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UN OLOR A VERBENA

Cogían el tranvía y se acercaban a la ribera del Manzanares, se bajaban en la última parada, atravesaban las vías del tren y entonces el mundo era el cumplimiento de todos los sueños. La verbena era la luz cegadora, el olor a churros, a grasa, a aceite hirviendo, a carne quemada con especias. Y también el olor y el sabor dulce de garrapiñadas y del blanco algodón en rama que su padre siempre le compraba.

El peluquero de Dios
Narrativa Bartleby, Madrid, 2009, pág. 12

jueves 7 de mayo de 2009

Tranvías funerarios


James Joyce
(1882 - 1941)
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Ulises

—Sí, convino el señor Bloom,— y otra cosa en que pienso a menudo, ¿saben?, es tener tranvías fúnebres municipales como los de Milán. Sus líneas llegan hasta las puertas del cementerio, y tienen tranvías especiales que incluyen el coche mortuorio, el del duelo y demás. ¿Entienden lo que quiero decir?
—¡Oh, sería una cosa impresionante! Dijo el señor Dedalus—. Coche Pullman y salón comedor.

lunes 4 de mayo de 2009

Avenida Singrú


Francisco León
( 1 9 7 0 )
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Me imagino que hacia 1930 la avenida Singrú no sería más que una ancha rambla polvorienta, callada en verano y con largos paseos a cada lado, plantados de turbintos y farolas a gas. Hoy, la verdad, no parece un lugar que pueda transmitir ideas muy líricas. Todo aquí, en este momento, no es sino pura velocidad, cláxones impertinentes, autobuses bufantes, tranvías ruidosos, gentes alocadas y atascos quilométricos. Por eso, cuando paso estos días una y otra vez por la avenida Singrú, de camino hacia el centro de la ciudad, me gusta hacer memoria y verla ante mí como imagino que fue en otros tiempos, símbolo de una idea de la poesía. Sólo de este modo podemos sentir que transita por las fibras tejidas de un mito, de otro mito, uno moderno.

Carta para una señorita griega.
Artemisa ediciones. Tenerife-Madrid, 2009. Pág. 98

lunes 20 de abril de 2009

Hay un muro


Paul Claudel
(1868 - 1955)
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LA MURALLA INTERIOR DE TOKIO
I


Ni bosque ni playa, cada día el lugar de mi paseo es un muro,
Siempre hay un muro a mi derecha.
Un muro que sigo y que me sigue y que detrás de mí despliego al caminar y que ante mí tiene continuidad y abasto.
Un muro continuamente a mi derecha.
A mi izquierda está la ciudad, y grandes avenidas abiertas hacia toda la tierra.
Pero hay un miro a mi derecha.
Me vuelvo (en esta estación de tranvía) y sé que por allí está el mar,
Pero el muro sigue pegado a mi derecha,
Hay toda una ciudad bajo mis pies, un mundo frágil en la tarde que se enciende y se apaga,
Pero eso no impide este muro a mi derecha,
Un muro que no me conduce a otra parte más que para volver a llevarme al mismo punto,
Y cuando cierre los ojos, sólo tendré que extender la mano
Para verificar esta presencia a mi derecha.


Traducción de Eugenio Padorno
La perdiz mareada. Minutarios de 2006-2007. Anroart Ediciones, Las Palmas, 2008. Pág. 58.

lunes 13 de abril de 2009

El color de los tranvías y las galeradas de imprenta

De Joan Sales a Mercè Rodoreda
(5-01-1962)
A les proves de galera no hi trobareu altres canvis que els que us he advertit lleialment, i el següent que he fet ara me n´he adonat a temps. En un cert moment, la Colometa veu passar els tramvies «grocs» —i comenta que ja quan era petita els tramvies grocs, etc. Ara bé, els tramvies de Barcelona van ser tots pintats de vermell durant la guerra suposo que per fer rrrrevolució, i després ja s´han quedat vermells per més que de tant en tant algun articulista cretí (i quasi tots els articulistes d´ara ho són) demana que els pintin de... blau cel! Segueixen tan vermells com els van deixar anarquistes i comunistes, per la senzilla raó que pintar-los de nou costaria un ull de la cara. En realitat era molt fàcil de salvar amb un petit incís: la Colometa sap que el tramvia és vermell però el veu groc, groc com era etc.Trobareu doncs aquest petit incís que salva la badada.

De Mercè Rodoreda a Joan Sales
(08-01-1962)
Primer vull dir-vos que potser seria millor —assumpte tramvia groc després pintat de vermell— suprimir el color. Així ens estalviem l´incís; no deu fer gaire bonic que en un moment d´emoció la Colometa barrini o pensi massa concretament en un detall en el fons banal.

De Mercè Rodoreda a Joan Sales
(15-01-1962)
Espero les proves. Com més hi penso més trobo que s´hauria de suprimir el color del tramvia en comptes de fer un incís inversemblant –perdoneu. Aquestes coses es consulten abans de fer-les, sobretot quan un tracta –com tracteu vós— amb una persona que fa un gran esforç per a ésser un escriptor i no un fabricant de novel.les. El que us passa ja ho veig, és que esteu enamorat d´aquesta novel.la i no sabeu què fer-hi i encara la voldríeu millor... Traiem el color del tramvia. «Va passar un tramvia, devia ser el primer que havia sortit de les cotxeres, un tramvia com sempre, com tots, vell i trist i encara sense vidres...» Podríem fer això, canviar groc per trist i encara hi guanya.

De Joan Sales a Mercè Rodoreda
(17-01-1962)
Sobre el que em dieu del brevíssim incís relatiu al color actual dels tramvies us diré amb tota franquesa que us feu un gran problema d´un detall ben insignificant i que d´altra banda vós mateixa podreu arreglar al vostre gust a les proves de plana, que veureu amb temps suficient abans de tirar. Com així mateix hi podreu esmenar tot el que us doni la gana, de manera que és absurd que patiu (i patiu tant!) per tals insignificàncies. Heu escrit amb La Plaça del Diamant una novel.la com una catedral, ¿i teniu por que us la desfigurin perquè us hi canvien una rajola que sorolla? Ja sou ben especial.

Mercè Rodoreda. Joan Sales. Cartes completes, 1960-1983
Club Editor, 2008

domingo 12 de abril de 2009

De tramalbum van Amsterdam











De tramalbum van Den Haag



jueves 2 de abril de 2009

¿Cómo ha sido eso?


T R A N V Í A

—Don Obrero, ¿se encuentra usted bien? —preguntó Babenberg.
—Sí, no se preocupe, don Leo. Es nada más el tranvía, que ha enganchado a un individuo ahí, enfrente de su casa, y traigo un susto que para qué.
Era sensible, el barbero era sensible. Babenberg llamó a Aquiles y le pidió que le pusiera a don Obrero un brandy. Le dio cuartelillo.
—¿Cómo ha sido eso? –preguntó.
—Espantoso. Estaba a mi lado, ahí, mismamente en la esquina. Iba a cruzar la calle cuando alguien ha pasado corriendo y le ha empujado sin querer y con tan mala sombra que en ese momento pasaba el tranvía. Le ha enganchado y le ha partido en dos. Las piernas se han quedado enfrente del Café Español y el tronco se lo ha llevado Hortaleza para arriba. No sé cuándo habrá parado, yo no me he querido quedar.

Antonio Orejudo (Madrid, 1963)
Fabulosas narraciones por historias, 1996 y 2007

martes 31 de marzo de 2009

Doble servicio de tranvías al Campo

domingo 29 de marzo de 2009

«Pata de palo»

Piazza Cordusio

Ermanno Olmi
( 1 9 3 1 )
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CHICO DE BARRIO

Oí la voz de mi madre preguntar a mi hermano, que llegaba a casa en aquel momento: «¿Cómo es que has tardado tanto?». «Pues... por culpa del tranvía.» «Se te habrá quedado fría la comida.» «Mejor. ¡Con este calor!»
En la cocina me encontré a mi hermano, que estaba comiendo con muchas ganas. Le pregunté en voz baja si habían esperado al «pata de palo». Llamaban así a un trasto de tranvía aún en circulación y los chicos, que, después de la escuela primaria, iban a la escuela en el centro, se daban una tácita cita en el «pata de palo». Era una forma segura de encontrarse, porque ya circulaban muy pocos de aquellos tranvías viejos. A veces había que esperar más de media hora, pero, ¡también estaban las chicas! Los mayores, como mi hermano, tenían más oportunidades de hablar con ellas, porque sus clases eran mixtas y, además, se veían todos los días en el tranvía. En cambio, nosotros, que éramos un poco más pequeños, raras veces coincidíamos con ellas: sólo con motivo de algún juego y, cuando así era, sentíamos una extraña emoción.

Chico de barrio
Libros del Asteroide, Barcelona, 2009
Traducción de Carlos Manzano

viernes 27 de marzo de 2009

Nocturno

Tranvía en Riga. Foto de Jords73

miércoles 25 de marzo de 2009

Como un coche de bomberos

Elektriskais tramvajs Smilšu ielā pie Rīgas Biržas


Walter Benjamin
(1892-1940)

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ARMAS Y MUNICIONES

Había llegado a Riga para visitar a una amiga. Su casa, la ciudad, el idioma me eran desconociso. Nadie me esperaba, nadie me conocía. Deambulé dos horas solo por las calles. Nunca he vuelto a verla así. De cada portal brotaba una llamarada, cada guardacantón lanzaba chispas, cada tranvía surgía de improviso como un coche de bomberos. Sí, bien podía ella salir de este portal, doblar la esquina y sentarse en el tranvía. De los dos tenía que ser yo, a toda cosata, el primero en ver al otro. Pues de haberme rozado ella con la mecha de su mirada, yo habría volado por los aires como un depósito de municiones.

Dirección única, 1987
Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar

domingo 15 de marzo de 2009

Ricardo de Baños: un cámara tranviario


Película de Ricardo de Baños (1884-1939)

viernes 13 de marzo de 2009

Me amenazó



Mauricio Wiesenthal
(Barcelona, 1943)
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Me amenazó con escribirle a mi padre, explicándole que no me aplicaba en mis estudios, que me pasaba el día vagabundeando y que no atendía a razones. Pero yo sólo había venido a Viena para encontrar a los últimos maestros de la cultura europea. Y aunque mi padre quería que siguiese su carrera académica en la enseñanza, yo sabía que mi camino estaba en los libros y en los cafés, en las pinturas de Sezession, en la música de los merenderos, en la estatua de Palas Atenea que hay frente al Parlamento, en los puestos de fruta del Nachmarkt y en la línea del tranvía 38 que lleva desde la Schottentor a los vinos nuevos de Grinzing.

El esnobismo de las golondrinas
Edhasa, 2007. Pág. 44

lunes 2 de marzo de 2009

Con un blanco amarillento


Filisberto Hernández
(Uruguay, 1902-1964)


Los tranvías que van por la calle Suárez —y que tan pronto los veo yendo sentado en sus asientos de paja como mirándolos desde la vereda— son rojos y blancos, con un blanco amarillento. Hace poco volví a pasar por aquellos lugares. Antes de llegar a la curva que hace el 42 cuando va por Asencio y da la vuelta para tomar Suárez, vi brillar al sol, como antes, los rieles. Después, cuando el tranvía va por encima de ellos, hacen chillar las ruedas con un ruido ensordecedor. —Pero en el recuerdo, ese ruido es disminuido, agradable, y a su vez llama a otros recuerdos—.
[...]
Pero volvamos al trayecto del 42.
Después que el tranvía pasó, precisamente, por delante del terrenito —remiendo de la mansión señorial—, me quedó un momento en los ojos, con gran precisión, el balanceo de dos grandes palmeras que sobresalían por detrás de la casita —mamarracho— moderna. Y repasando esa fugaz visión de las palmeras, las reconocí y recordé la posición que tenían antes, cuando yo era niño y la quinta no tenía remiendo.


Por los tiempos de Clemente Colling (1942)
El Nadir Ediciones, Valencia, 2008

miércoles 18 de febrero de 2009

El olor del cielo

Foto: galeriadondebailanloschicosdeblanco


Ángel Campos Pámpano
( 1 9 5 7 - 2 0 0 8 )
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O TEJO

El aire blanco, acabada la tarde,
se sucede en el río.
El mar desconoce las calles,
los colores húmedos de sus casas
y el olor del cielo en los tranvías.

Sabemos que no existes sino en ciertos poemas.

La ciudad blanca
Pre-Textos, 1988