lunes, 6 de julio de 2020

Ir a la escuela en tranvía



Walter Benjamin
(1892-1940)
_________________________

Una generación que todavía había ido a la escuela en tranvía de tracción animal se encontraba al descubierto en un paisaje en el que ya nada era reconocible, salvo las nubes, y en medio, en un campo de fuerzas atravesado por tensiones y explosiones destructoras, el minúsculo y frágil cuerpo humano.

Walter Benajamin, «El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolai Leskov», Obras, Libro II, vol. 2, Madrid, 2009. Traducido por Jorge Navarro Pérez.

lunes, 25 de mayo de 2020

Un pitido de los azules tranvías



Günter Eich
(1907-1972)
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LEMBERG | 2

Pendientes innumerables como el miedo.
El tranvía termina
en una estepa llena de hierbajos
ante puertas gastadas por el uso 

(Mensajes de la lluvia, 1955)



POSTALES VIEJAS | 1

Aquí querría yo ver pasar el tranvía
y columpiarme
sentado en la cadena del monumento a los caídos.
Una señal para sordomudos.
Un sermón para los panaderos,
que se desperezan en el viento de la mañana.

(Para archivar, 1964)


TEATRO DIMITRI

Dimitri tiene su teatro.
Sin indicación del lugar, un rumor
procedente de las hojas de los plátanos,
de la
ropa robada de la cuerda donde estaba tendida,
un pitido de los azules
tranvías de cercanías.

Desconozco el programa de Dimitri.
Pero de noche, sobresaltado,
soy el grito de un arrendajo
en la cercanía de quién,
un abrirse la cortina
sin resultado, un verso
que uno no puede comprender del todo.


Günter Eich, Poesías Completas, La Poesía señor hidalgo, Barcelona, 2005. Traducción de Aina Torrent-Lenzen.

domingo, 17 de mayo de 2020

Un tranvía así parece que lleva alma



José Martí
(1853-1895)
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TRANVÍAS DE CABLE

Las ciudades que quieran establecer ahora tranvías, deben, antes de echar sus rieles para carros de caballos, hacer examinar los que andan sin ellos, por ser su motor constante un cable que corre dentro de un gran tubo, colocado bajo la superficie de la calle, como se colocan las cañerías de gas o de agua. Este gran tubo tiene una espaciosa ranura en su parte alta, por la cual pasa el timón que maneja el conductor desde su plataforma, y llega hasta el cable, del cual se desase cuando se quiere detener el carro, o se prende cuando se quiere que el carro continúe en movimiento. Lo mismo que las mandíbulas prenden el alimento, lo mismo que los dientes de una draga se cierran sobre las piedras y sedimentos que ha de sacar a la superficie, así asen el cable los dientes, o ruedas, en que remata el timón. Y como el cable está siempre en movimiento, en virtud de la máquina motriz establecida en la estación de que arranca el cable, el carro es arrastrado por él a gran velocidad, sin que esto impida que cuando el conductor lo desee, oprima el freno o timón que por una ranura abierta en el pavimento entre los rieles se comunica con la de la parte alta del tubo, y desasidos del cable a esa presión los dientes del timón, el carro se detenga, por cuanto tiempo se quiera. Con este sistema de tranvía de cable, los carros andan con mucha mayor ligereza; se gasta mucho menos en poder motor, por ser el vapor y su máquina más baratos de comprar y conservar que las pobladas caballerizas que ahora se requieren para los tranvías de tracción animal, y se ocupan menos empleados y menos espacio en las calles. –Sobre que es bueno alimentar la fantasía, y un carro así parece que lleva alma.

La América. Nueva York, junio de 1884
[Crónica completa]

miércoles, 13 de mayo de 2020

¡Ahí estaba el tranvía!



Nicolás Guillén
(1902-1989)
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Situábase usted en una esquina y todo consistía en esperar. La calceta, la lectura de Jorge Mañach o la simple divagación sobre temas no urgidos de resolución inmediata… Cuarenta minutos más tarde era usted sorprendido por un timbreteo inconfundible. ¡Ahí estaba el tranvía! Se instalaba usted en su lenta carroza, en su coche democrático y ya podía dormir seguro de llegar sano y salvo a su destino.
   Ahora, amigos míos —precisa reconocerlo con punzante melancolía— las cosas ocurren de modo bien distinto. El tendido de alambres para los trollies ha cedido bajo la acción demoledora de los años y ya no hay viaje sin accidente. Los cables caen a diario, enroscados sobre la calle como finas serpientes, y durante horas y horas permanece el tránsito paralizado en medio de las cuchufletas e ironías de quienes ante el humillante espectáculo aún se muestran con ánimo de reír.
   A esto añádase el peligro mortal que tal contingencia entraña. Si los dos cables se unen y así los pisa el transeúnte, dícese que la catástrofe es fatal, y lo mismo si en esa forma caen sobre la distraída cabeza del viandante. De donde resulta que un medio de locomoción antaño tan sólido, tan constitucional, tan protector del sistema nervioso, se ha convertido en una permanente invitación a la muerte.

domingo, 26 de abril de 2020

Se puede ver desde el tranvía



Fredrik Nyberg 
(1968)
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GALANTHUS (L. mask.)
Diagonales.

Olor a lejía.

Debo haberme dormido porque me despierto.

La cabeza y el cuerpo son aún una experiencia.

Febrero.
Las aves no pesan casi nada.
En una zona forestal, muy cerca de Vasaplatsen, hay un
árbol –se puede ver desde el tranvía– cuyas potentes ramas parecen
apuntar hacia abajo, contra el suelo.
Yo tengo que ser siempre el que se consuela.

© Fredrik Nyberg
De: Blomsterur
Stockholm: Norstedts, 2000


Traducción de Aleisa Ribalta

GALANTHUS (L. mask.)
Diagonaler.

Doften av klor.

Jag måste ha sovit för jag vaknar.

Huvudet och nacken är ännu en erfarenhet.

Februari.
Fåglarna väger nästan ingenting.
I ett grönområde, alldeles i närheten av Vasaplatsen, finns det ett
träd – man kan se de från spårvagnen – vars kraftiga grenar tycks
sträva nedåt, mot marken.
Jag måste alltid vara den som tröstas.

***



ZEPHYRANTHES (Herb. fem.)
Pierdo el sentido.

Las flores se mecen con el suave viento de poniente.

Las frutas deben madurar y caer bien maduras al suelo.

Estación – Fjällgatan.
Un periódico reposa tranquilo mientras el viento sopla.
De repente localizo todo el dolor en mi costado izquierdo;
me inclino inmediatamente para sentirlo en la parte posterior de la pierna.
Ahora escucho el tranvía que precisamente llega.
Está iluminado
y casí completamente vacío.


Traducción de Aleisa Ribalta


ZEPHYRANTHES (Herb. fem.)
Jag kukar ur.

Blommorna vajar för den milda västvinden.

Frukterna skall mogna och fall mycket mogna till marken.

Hållplats – Fjällgatan.
En tidning ligger stilla och bara blåser..
Jag lokaliserar plötsligt all smärta till min vänstra vad;
böjer mig strax ner för att känna efter där på baksidan av benet.
Nu hör jag att spårvagnen faktiskt kommer. Den är upplyst och
nästan helt tom.

martes, 21 de abril de 2020

El viejo tranvía doce sigue traqueteando



Agneta Blomquist | Lars Gustafsson 
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UN VIAJE CON EL DOS

Un pequeño ejército de niños de guardería marcha en fila hacia el autobús, vestidos con colores llamativos y provistos de mochilitas, dándose la mano de dos en dos, bajo la firme dirección de sus cuidadores, muy probablemente de camino al cercano museo de los juguetes o al de los carruajes y tranvías. Se suben y poco después se bajan ordenadamente, a diferencia del grupo de alumnos gritones de secundaria de Sofiaskolan, que también van camino a algún sitio. Se repite el mismo fenómeno que recuerdo de excursiones parecidas de cuando yo tenía su edad: los cabecillas de la clase se dan prisa por llegar hasta el fondo del autobús para ocupar los asientos más codiciados, mientras la profesora hace todo lo que puede para que no se desperdiguen las diferentes partes de esa multitud chillona. Cuando todos se bajan, reina un silencio y un sosiego visibles. Los que quedamos dentro suspiramos y compadecemos mentalmente a la profesora. (Pág. 73)


EL NOCKEBYTORG DE MI INFANCIA

El viejo tranvía doce sigue traqueteando entre Nockeby y Alvik, aunque ya no tanto como antes. Los vagones se han ido sustituyendo por otros más modernos, y los nuevos son más o menos iguales a los que se ven en el resto de Europa: prácticos, aerodinámicos, pero carentes de encanto. También el doce estuvo a punto de desaparecer en algún momento de los ochenta, pero «se salvó» gracias a una protesta masiva movilizada por los actuales habitantes de la zona, acomodados e influyentes. Y ahora, en Estocolmo, donde en su día se suprimieron las antiguas vías del tranvía, surgen otras nuevas. Por fin se ha entendido que, desde una perspectiva ambienta, el tranvía es preferible al tráfico de automóviles y autobuses. (Pág. 89)


Desde mi infancia más temprana, la zanja que se abría junto al recorrido del tranvía entre Nockebytorg y Olovslund pasó a ser mi escondrijo, naturalmente prohibido. (Pág. 91)

Lars Gustafsson, Agneta Blomquist, Imágenes de Suecia, Nórdica Libros, Madrid, 2018. Traducción de Neila García

martes, 31 de marzo de 2020

Esperando el tranvía



Henry Parland 
(1908-1930)
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EN TÖLÖ
un anuncio de neumáticos,
los mejores del año.
Cada mañana
esperando el tranvía
permanezco en silencio, recogido,
frente a ese
orgulloso, imperativo:
¡c o m p r a!

Anáfora. Creación y crítica  nº19. Pág. 22. [Traducción de Emilio Quintana Pareja].

sábado, 14 de marzo de 2020

En el tope del tranvía



Antonio Beneyto
(1934)
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Al subetopes le daba por soñar en cosas extrañas cuando iba en el tope del tranvía. 
     «Hoy volví a quedarme con el dinero del tranvía. Cuando llegue a la escuela me compraré caramelos y una goma de mascar. Me gastaré todo el dinero. La vuelta la haré a pie. Por las noche los topes van insoportables; con esos hombres de uñas largas y tarteras grasientas: mientras, yo voy recordando las declinaciones en latín del próximo día; o aquella ecuación que no sabía por dónde meterle mano. Sin embargo, el que está detrás de mí en la clase sí que sabe meterle mano a la operación matemática, a su compañero y luego, como es natural, siempre acaba masturbándose con el pensamiento; el procedimiento es muy curioso: primero lo hace con un trozo y al rato con el otro. Yo soy de otra forma de ser. Prefiero ahorrar lo del tranvía y vender un poco de metal y plomo al chatarrero y después irme con una mujer por cinco minutos… Al menos siento los pies fríos en el suelo de la habitación…»

Antonio Beneyto, Algunos niños empleos y desempleos de Alcebate. Editorial Lumen, Barcelona, 1974. [Pág. 37]

viernes, 13 de marzo de 2020

Aquí, mi estimado señor, nunca ha habido tranvías



Giorgo Agamben
(1942)
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Sueño recurrente, que Caproni me narró en varias versiones. Con un amigo toma el tranvía para visitar un lugar que conoce muy bien, «donde voy a menudo, casi como paseo habitual». En un momento mira el reloj y ve que es hora de regresar. Pero cuando busca el final del recorrido del tranvía habitual no lo encuentra y si le pregunta a alguien se escucha que le responde: «”¿El final del recorrido? ¿El tranvía? Aquí, mi estimado señor, nunca ha habido tranvías”. Pregunto a otra persona, la misma respuesta. Comienzo a desconcertarme, a buscar a tontas y a locas. Me pierdo cada vez más. Termino en una zona rural, absolutamente fuera de la ciudad. Perdido por completo todo camino de regreso. Me despierto».

Giorgo Agamben, Autorretrato en el estudio. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2019. [Traducción de Rodrigo Molina-Zavalía y María Teresa D’Meza. Pág. 68]

jueves, 20 de febrero de 2020

Al tranvía de Union Square



Segismundo

Al tranvía de Union Square se subió una muchacha china, tan parlanchina, tan alegre, tan divertida que no hizo otra cosa que reír durante todo el trayecto. Era muy coqueta, llevaba pantalones largos negros, jersey negro, y en la cintura una banda de algodón, e iba de viajero en viajero riendo y bromeando. 

Lars Gustafsson, Segismundo. De las memorias de un príncipe barroco polaco, Muchnik Editores. Barcelona, 1987. Pág. 28. Traducción de Jesús Pardo.

jueves, 13 de febrero de 2020

Frans Hals desde el interior de un tranvía en movimiento



M.S. Lourenço
(1936-2009)
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Música para una noche de «ennui»

En Le côté de Guermantes Proust narra como él mismo ha llegado a esta conclusión, una noche en la que regresaba de casa de la Duquesa de Guermantes y en el carruaje, abatido por una menos que melancólica crisis de ennui, pasa revista a las impresiones de la noche y su atención acaba por detenerse en dos impresiones cuyo protagonismo corresponde a la Señora de Guermantes. La primera era la extraordinaria afirmación que ella había realizado de que es necesario ver la pintura de Frans Hals desde el interior de un tranvía en movimiento, y la segunda su cita de Víctor Hugo, pero del Víctor Hugo de la primera fase, la fase en la que en sus poemas Víctor Hugo piensa, en vez de, como la naturaleza, solo dar qué pensar.

[M.S. Lourenço, Os Degraus do Parnaso, O Independente, Lisboa, 1991. Pág. 48. Traducción JAC]

domingo, 2 de febrero de 2020

Pequeños tranvías azules



Lars Gustafsson
 (1936-2016)
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Los años cincuenta. ¿Cómo los recuerdo? Pequeños tranvías azules recorrían Estocolmo. Herbert Tingsten hablaba por la televisión. Referéndum sobre la cuesitón de la ATP, de la que yo nunca tuve una idea muy clara. Referéndum sobre si el tráfico debiera ir por la derecha o por la izquierda, en el que se vio que lo que la gente quería era que fuese por la izquierda. 
    ¿Cómo iban vestidas las chicas en los años cincuenta? ¿No llevaban unos vestidos de algodón que les llegaban hasta muy abajo, y con cinturones anchos? ¿No hablaban de otra manera que ahora? La verdad es que no lo recuerdo muy bien. 

Lars Gustafsson, Muerte de un apicultor. Muchnnik Editores, Barcelona, 1986. Pág. 177. Traducción de Jesús Pardo

domingo, 5 de enero de 2020

En el tranvía


J V FOIX 
(1893-1987) 
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En Quirc de l’Erminda

Lo he visto yo mismo, cuando salíamos juntos de detrás del ventanal donde leíamos los diarios de no sé bien qué siglo. A Quirce de la Herminda todos le miran y no sabe por qué. Por las plazas y los pasajes; en el tranvía; por las esquinas mal anguladas de los subterráneos; en las tiendas donde compra mecanismos con ruedecitas y esferas de difícil emparejar, extraños berbiquíes y alambre; por los pasillos gélidos del club náutico y por allí donde rondan bípedos con cabeza de billar, le miran y remiran, con la mirada fija. 

J.V. Foix, Darrer Comunicat, Barcelona, 1970 (Traducción de JAC)

sábado, 14 de diciembre de 2019

Subiendo de Moscú en tranvía



Teresa Pàmies
(1919-2012)
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 Jardín Abandonado 

Era el edificio que hacía esquina entrando a mano derecha por el atrio de acceso a la urbanización, subiendo de Moscú en tranvía o trolebús. Había seis arcadas de entrada y salida. Rodeaban los pisos de ladrillo y tenían una altura impresionante. En medio del conjunto de edificios habían reservado un extenso espacio para el ocio de los vecinos, pequeños y grandes. Todo florecía en primavera, tras un glorioso deshielo que fundía la nieve acumulada durante el invierno, la nieve chispeante con la cual los niños amasaban muñecos y construían toboganes para los trineos improvisados con la madera de las cajas de arenques, bultos abandonados a la puerta del Univermark que impregnaban el aire y las manos infantiles de un hedor a pesca salada y confitado estilo siberiano. Un aroma tan evocador como las magdalenas de Proust, con la diferencia de que el olor sutil de magdalena trasladaba al escritor francés a los salones de la aristocracia en decadencia y a mí, el hedor de las cajas de serioixka que los niños del barrio convertían en juguetes me evoca el nacimiento de una sociedad ascendente. En la pobreza, pero ascendente. 

Teresa Pàmies, Jardí enfonsat. Ed. Destino. Barcelona, 1992. Pág. 111-112. Traducción JAC

miércoles, 6 de noviembre de 2019

El horroroso chirriar del tranvía



W.G. Sebald
(1944-2001)
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En aquel entonces, en la segunda mitad del XIX, bajo el gobierno de Morton Peto, surgió, al otro lado del río Waveney, la llamada Ciudad del Sur, la cual contaba con una serie de hoteles que podían satisfacer los deseos de los círculos londinenses más distinguidos, y junto a los hoteles se erigían galerías y pabellones, iglesias y capillas para cada confesión, se construyó una biblioteca, una sala de billar, una casa de té con forma de templo y un tranvía con una terminal suntuosa. (Pág. 57)


Fue una mala noche, pesada, tan sofocante que era imposible dejar las ventanas cerradas. Y cuando las abría se oía ascender el ruido de la circulación del cruce y, cada dos minutos, el horroroso chirriar del tranvía afanándose por el bucle de rieles de la terminal. (Pág. 97)


W.G. Sebald, Los anillos de Saturno, Anagrama, Barcelona, 2008. Traducción de Carmen Gómez García y Georg Pichler.

domingo, 13 de octubre de 2019

El hierro del tranvía retumba en la taza




Rodolfo Häsler 
(1958
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Rodolfo Häsler, Lengua de Lobo, Hiperión, Madrid, 2019

martes, 27 de agosto de 2019

En la noche tranviaria



Jesús Ferrero
(1952)
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Jesús Ferrero, Negro sol, Ed. Pamiela. Pamplona, 1987. Págs. 12 y 13.

sábado, 20 de julio de 2019

Un tranvía que se estremece



Néstor Sánchez
(1935-2003)
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A los sumo me abandono cada tanto y aparece una mujer descalza, es muy joven con el pelo sobre la cara, llora por su cuenta en una pieza que es también muchas piezas pero sobre todo Santos al amanecer después de un tranvía que se estremece, que no tiene remedio.

Néstor Sánchez, Siberia Blues, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1967. Pág. 45

martes, 9 de octubre de 2018

Abandonarte en un tranvía sin frenos




Golgona Anghel 
(1979)
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Debería escribir cosas más divertidas,
entretener a las masas.
Evitar, al menos, escenas tristes,
cambiarme  de ropa una vez al mes.
Podría, por cierto, alejarme, salir del cuerpo,
de sus humores.
Entrar en la biopolítica, usar sus métodos.
Albergar una idea alegre.
En fin, nada contra los suicidas de carrera
y el resto de performers del más allá.
No es que no me apetezca abandonarte
en un tranvía sin frenos.
Dejarte en un país extranjero,
sin dinero y sin memoria.
No se engañen, aún sé bajarme los pantalones.
Hacer el truco.
Pero si mi psiquiatra lee esto
va a pensar que el tratamiento
ya no funciona.


Golgona Anghel, Nadar na piscina dos pequenos, Assírio & Alvim, Lisboa, 2017. Pág. 18. (Traducción de JAC).

viernes, 24 de agosto de 2018

La compra de un tranvía



Gastão Cruz
(1941)
___________________ 

PRIMERAS VENIDAS A LISBOA 

Una con cuatro, otra con ocho años, mis primeros viajes a Lisboa son todavía, sobre todo el de los cuatro años, fuertes reminiscencias de mi infancia, con episodios nebulosos, difusos, a veces diurnos, otras nocturnos, por ejemplo una visita a la Feria Popular, en el Parque Palhavã, entre la excitación de querer verlo todo, en la noche radiante, y el sueño avasallador que, en el tranvía de regreso a casa (de primos, que alegremente recibían a los parientes de la provincia) se transformaba en invencible y definitivo. ¿Fuera del espacio y del tiempo, el lugar donde, para mi cabeza —incluso convencido la compra de un tranvía— todo era imaginable?

Gastão Cruz, Existência, Assírio & Alvim, Lisboa, 2017. Pág. 54. (Traducción de JAC)

jueves, 26 de julio de 2018

Sesiones de cine de barriada y paseos en tranvía



Juan Goytisolo
(1931-2017) 
_____________ 

LA ISLA 

Fueron años de sacrificios tenaces, en un piso sin muebles, con sesiones de cine de barriada y paseos en tranvía. Rafael trabajaba día y noche y, durante los cursos escolares, di clases de Geografía e Historia en un Instituto de Segunda Enseñanza. El cuerpo no obedecía como antes, pero teníamos ganas de luchar. Lo que vino luego, ninguno de los dos lo había previsto. 

Juan Goytisolo, La Isla, Seix Barral, Barcelona, 1961. Pág. 54.

lunes, 23 de julio de 2018

Se parece tanto como un tranvía a un huevo


MALCOLM LOWRY
(1909-1957)
______________ 

ULTRAMARINA 

Hilliot podía ver los tranvías, los ómnibus, la multitud en el mercado; distinguía las letras del cartel de la Standard Oil Company, SOCONY; y allá arriba, en la montaña, un tren subía con infinita lentitud. (Pág. 30)

***

Miró desde la plaza hacia una larga calle. Vio rieles de tranvías y, muy lesjo, dos figuras borrosas que los cruzaban. (Pág. 39) 

***

—Sí, el Sapporo Bar, Hilliot. Sigue por donde van los tranvías, es justo después de la Aduana. Te encontraremos allí esta noche. (Pág. 76) 

***

Camina sin pensar adónde va. Los tranvías corren frente a las oficinas; las madres con abrigos de piel que huelen a tibieza se ajetrean en el Bon Marché con sus hijos de gorras de escolares; más allá, túneles secretos taladran los lúgubres edificios y el ferrocarril que atruena y un montón de puentes que llevan a la plataforma se prolongan en siniestra y desnuda confusión. Resuenan las campanas de los tranvías. Brutales edificios pugnan hacia el cielo por encima de Dana Hilliot. (Pág. 78) 

***

Llegamos a las vías de los tranvías y pronto tres de ellos, atestados, pasaron chillando en rápida sucesión. (Pág. 98)

***

—No, muchacho, se parece tanto como un tranvía a un huevo… (Pág. 115)

***

Las calles fluían como vehementes canales de luz y los automóviles, los tranvías las atravesaban como enloquecidas barcazas de fuego. (Pág. 118)

Malcolm Lowry, Ultramarina, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969. Traducción de Alfonso Llanos

domingo, 22 de julio de 2018

Un tranvía extraviado


LOUIS SIMPSON
(1923-2012)

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EL MARIDO DE AJMÁTOVA

El marido de Ajmátova, Gumiliov,
era poeta y explorador.
Escribió poemas sobre animales salvajes
y tenía ideas fantásticas:
un pájaro rojo con cabeza de mujer
y un tranvía extraviado,

que desprende fuego «como una tormenta de alas negras»,
sobrevuela los puentes,
pasa junto a una casa con tres ventanas
donde vivía una mujer que una vez amó,
y se abalanza sobre él
dos pezuñas en el aire y un guante de hierro.

Gumilov luchó en la Gran Guerra
con un valor casi increíble,
fue condecorado dos veces con la Cruz de San Jorge.
Vio a un viejecito
forjando la bala que lo mataría.

No era una bala alemana, era rusa.
A Gumiliov lo mataron sus propios compatriotas
como les sucede a menudo a los poetas en Rusia.

Todo el mundo habla de Ajmátova
pero nadie menciona a Gumiliov.
Eso no le habría importado a Gumiliov.
Cuando el hombre enviado por el gobierno vino a matarlo,
«Anda, dame un cigarrillo», dijo Gumiliov,
«y acabemos de una vez».

The Best Hour of the Night, 1983. Traducción de Javier Cantero Sabata. En Clarín nº 135, mayo-junio, 2018


lunes, 30 de abril de 2018

Abajo del tranvía


Pier Paolo Pasolini
_____________________
(1922-1975)

A UN PAPA

Pocos días antes de que tú murieras, la muerte
había puesto sus ojos en un coetáneo tuyo:
a los veinte años, tú eras estudiante, él albañil,
tú noble y rico, él un joven plebeyo:
pero los mismos días, sobre ustedes, han dorado a la vieja Roma
que se estaba volviendo tan nueva.
Vi sus despojos, pobre Zucchetto.
Borracho, vagaba de noche en torno a los Mercados,
y un tranvía que venía de San Paolo,
lo arrollóy lo arrastró un rato por los rieles, entre plátanos:
durante unas horas permaneció allí, bajo las ruedas:
alguna gente se reunió alrededor para mirarlo,en silencio:
era tarde, y eran pocos los transeúntes.
Uno de esos hombres que existen porque existes tú,
un viejo policía fanfarrón como un rufián,
al que se acercaba demasiado gritaba: “¡Fuera, a correrse!”.
Después vino el automóvil de un hospital a cargarlo:
la gente se fue, y quedó sólo algún guiñapo aquí o allá,
y la dueña de un bar nocturno, más adelante,
que lo conocía, dijo a un recién llegado
que Zucchetto había terminado abajo del tranvía y había muerto.
Pocos días después te morías tú: Zucchetto era uno
de tu inmensa grey romana y humana,
un pobre borracho, sin familia y sin lecho,
que vagaba por la noche, viviendo quién sabe cómo.
Tú nada sabías de él: como nada sabíasde otros mil y mil cristos como él.
Tal vez yo sea duro al preguntarme por qué razón
la gente como Zucchetto era indigna de tu amor.
Hay sitios infames, donde madres y niños
viven en un polvo antiguo, en fango de otras épocas.
No muy lejos, por cierto, de donde tú vivías,
con los ojos puestos en la bella cúpula de San Pedro,
hay uno de esos lugares, el Gelsomino…
Un monte cortado en mitad de la cantera, y abajo
entre los escombros y una fila de edificios nuevos,
un montón de construcciones miserables,
no casas sino pocilgas.
Bastaba un sólo gesto tuyo, una sola palabra,
para que éstos, tus hijos,tuvieran un hogar:
no hiciste un gesto, ni dijiste una palabra.
¡No se te pedía que perdonaras a Marx! Una ola
inmensa que se refracta de milenios de vida
te separaba de ellos, de su religión:
pero en tu religión ¿no se habla de piedad?
Millares de hombres bajo tu pontificado,
ante tus ojos, han vivido en establos y pocilgas.
Lo sabías, pecar no significa hacer el mal:
no hacer el bien, eso significa pecar.
¡Cuánto bien pudiste hacer! Y no lo has hecho:
no ha habido un pecador tan grande como tú.

Pier Paolo Pasolini, La religión de mi tiempo. Icaria Poesía, Barcelona, 1997. Págs. 124-125
Traducción Olvido García Valdés

jueves, 28 de diciembre de 2017

Endecasílabo tranviario VII

67

Subo al tranvía. 
Tranvía mi tranvía. 
Casi tranvía.

68

Asiento libre.
Junto a la ventanilla. 
Casi milagro.

69

Un abejorro.
Se cuela sin billete. 
Casi desgracia.

70

Cierto poeta. 
Redacta su poema. 
Casi poeta.

71

Una pareja. 
Frente a sendos móviles. 
Casi noviazgo.

72

Una mirada. 
Entre los ojos ciegos. 
Casi deseo.

73

Un libro abierto. 
Algo dentro de nada. 
Casi espejismo.

74

Cesto de compra. 
Baila con el vaivén. 
Casi se escapa.

75

Mucho pasaje. 
Se bambolea dentro. 
Casi festivo.

76

Un carpe diem. 
Bajo la marquesina. 
Casi en horario.

77

Nunca los gatos. 
Jamás en tranvía. Casi 
sabiduría.

jac