domingo 15 de noviembre de 2009
Letra de tango
jueves 5 de noviembre de 2009
domingo 1 de noviembre de 2009
Las barricadas con tranvías, 1
Tram. Foto de Cédric Vigneault Erri de Luca, El día antes de la felicidad
Siruela, 2009. Pág. 117
jueves 29 de octubre de 2009
El tranvía que pasa entra en las casas

domingo 25 de octubre de 2009
El tranvía que parece una bandera española con ruedas y moño
CON RUEDAS Y MOÑO
Los niños que han nacido de unos años a esta parte no saben lo que es un tranvía más que por lo que ven en las postales que les mandan sus tíos, los emigrantes, desde Friburgo o Colonia. Mis hijos no tienen ni idea de para qué sirven, porque los pobres hace tiempo que fueron borrados de la geografía madrileña.
Aún hay calles donde permanecen sus huellas metálicas, los raíles, como última meada indeleble de una de los medios de transporte urbano más simpáticos y de más hondo sabor popular. Y, todavía, hay quien aprovecha el encanto de los tranvías para plantarlos al borde de algunas carreteras y anunciar una marca de turrón o un establecimiento de muebles. Pero así, tranvías en la calle, con sus chirridos y sus chispazos, que en la noche producían el mismo efecto de un relámpago, ya no se pueden ver.
Mi tranvía es la reproducción de un modelo que nunca vi por nuestras calles. La forma del trole -un doble rombo tumbado- me recuerda a algunos de los tranvías que he visto fuera de España, quizás porque en Europa conservan mejor las tradiciones, aunque éstas sean tan intrascendentes como un vehículo de transporte colectivo. Pero los tranvías españoles en los que tuve la suerte de viajar llevaban como trole una larga barra metálica, al final de la cual iba una ruedecita que impulsaba el pesado armatoste. Era un trole más espiritual; aunque no caía perpendicularmente al plano formado por el techo del tranvía, diseñaba un recorrido ascendente hacia el cielo. El tranvía presentaba de esta forma un aspecto original y de cierto vuelo.
Seguramente las almas de muchas personas muertas en gracia de Dios empleaban el trole para subir al cielo. Y no hace falta tener mucha imaginación para comprender que los frecuentes desenganches del trole, con el espectacular relumbrón del chispazo, eran producidos por almas que pesaban mucho.
Cuando ocurría esto, el conductor o el cobrador se bajaban, cogían la cuerda que colgaba del trole y colocaban de nuevo éste bajo el cable. A veces, si tenían prisa o hacía mucho frío fuera, decían barbaridades:
-¡Me cago en sus muertos!-.
Pero claro, los pobres no sabían que los muertos ya no pueden ser objeto de cagadas, porque son espíritu sin materia, y vaya usted a encontrar un alma que se deje pintar de marrón.
A pesar de que, como ya he comentado, mi tranvía no tiene una silueta típicamente española, sus colores -como los de casi todos los juguetes de mi colección- respiran nacionalismo.
Está pintado en tojo y amarillo, como los letreros de los estancos. Para explicar esta explosión de patriotismo, hay que bucear otra vez en los turbios años de posguerra, cuando cualquier síntoma extranjerizante era juzgado como filomarxismo, masonería o sospechoso prosemitismo. Al pobre Athletic de Bilbao le prohibieron la th, y tuvo que llamarse desde entonces Atlético de Bilbao, lo que a la refitolera afición vasca, con conocida proyección hacia Inglaterra, no le debió sentar nada bien. Otros intentos más peregrinos, como el de rebautizar el fútbol con el vocablo español de balompié o el de llamar a nuestro brandy jeriñac, se estrellaron contra el buen sentido popular, que prefería seguir llamando al pan pan y al coñac coñac.
Mi tranvía aparece ahora vacío y solo. Este es el drama de casi todos los juguetes viejos. Ni siquiera el conductor, que es, como el capitán del barco, el último en abandonar. Después de observar muchas veces que el tranvía se entristece cuando se encuentra solo, he tratado de convencerle de que el conductor bajó un momento a comprar tabaco y a hacer aguas. Pero claro, son ya demasiados años meando, y el tabaco tampoco hay que ir a buscarlo a China. El pobre tranvía no se lo cree.
Entonces procuro entretenerle contándole historias sucedidas a bordo, y que él, que por mandato celestial no puede tener entendederas, nunca llega a comprender.
—Un día, ¿sabes?, una señora dio a luz. Estaba muy gorda, gordísima, y en un frenazo casi echa el niño por la boca. Al conductor, que se llamaba, Emeterio, se le cruzó de improviso un ciclista, y por no atropellarle tuvo que jugarse la vida de algunos pasajeros. Un funcionario de Hacienda se hizo un chichón y dijo que denunciaría a la E.M.T. por incompetencia de sus empleados. Otra señora muy anciana se quejó de que le habían pisado los pies y tenía los juanetes inflamados. Pero todos tenían buen corazón, y al enterarse de que lo más grave era el nacimiento inminente de un niño en el tranvía se calmaron. El conductor, muy protocolario, les rogó que desalojaran el vehículo y se aprestó a hacer de comadrona. El cobrador corrió en busca de un médico. La viejecita hizo de oficiante. Había sido enfermera durante la guerra. La señora parturienta pasó lo suyo, pero al fin soltó la habichuela: una niña morenita. Emeterio lloró de emoción y propuso que la llamaran Tranviíta. Sacó de su bolsillo dos billetes sucios de una peseta y se los dio a la madre, sudorosa y sangrante todavía.«Tome. Yo provoqué el parto, y quiero ser la primera persona que le haga un regalo. ¡Viva la niña!».
El tranvía se alegra cuando oye sucesos como éste. Por eso no le cuento los numerosos casos de carterismo registrados sobre su plataforma, ni la larguísima sucesión de metidas de mano y demás toqueteos que ha fomentado con las aglomeraciones en las horas punta.
—Además, tú eres grande. Eres como una estatua rodante elevada a la igualdad, porque pobres y ricos, fontaneros y marquesas, funcionarios y mendigos, encontraban cobijo en ti. Los más poderosos pagando billete: quince, veinte, cuarenta céntimos. Los desheredados de la fortuna, de valdivia, como dicen los horteras madrileños. ¿Que es que no te acuerdas de los que se enganchaban del estribo? ¡Si había veces que parecía el palo de un gallinero al anochecer…!
Mi tranvía no habla, pero se filtran por sus ventanas melancólicos silencios cuya clave es fácil descifrar. En el fondo, no está convencido de haber sido nunca un instrumento que favoreciera las reivindicaciones del pueblo. Ni siquiera recuerda haber recorrido los Bulevares, o el Paseo de la Delicias, porque él sólo es un juguete, y los juguetes nacían por entonces en un pueblo de Alicante llama Ibi, y morían descuartizados en cualquier rincón burgués por la furia destructora de un chaval en la flor de la vida, sin que se les promocionara a más altas misiones.
Jubilado ya, el tranvía se limita a conservar orgulloso la enseña nacional sobre sus magras carnes. Es un tranvía de trole europeo, como el moño de un ave, pero nacional hasta la médula por real decreto. Sin embargo, su gran valor no es ese. Hay que pensar, por su bien, que aún resuenan en su interior voces del cobrador (¡Vamos ya, Marcelino! ¡Remueve la mercancía, que vamos pa Colón!), lamentos del conductor Emeterio (¡Será joputa el taxista ese! ¿Se creerá que el Jíler y que toa la calle es suya?), agudas observaciones de un ebanista al contemplar a una modistilla que se ha subido en la misma parada que él (¡qué buena está la gachísi… ¿Oye nena, te gustaría ir al cine Postas con el chachi…), desvergonzadas canciones de un grupo de estudiantes que van a la Universidad de San Bernardo (¡Que te lo han tentao, que te lo han tentao, cochina-marrananoha-ber-te-dejao!) y otros mil ecos de pueblo español, agudo y filosófico, socarrón y vivalavirgen, como dicen que es.
Juguete evocador de gratos recuerdos, por lo mucho que me gustaban los tranvías de verdad con su amplio muestrario de tipos para admirar y estudiar, esta pieza ocupa un lugar de honor dentro de mi colección. Y eso que se me ha olvidado mencionar al ciclista aprovechón, que se enganchaba de sus harapos y se dejaba arrastrar para economizar energías. Y a la colegiala pacata, que por temor al pecado de la carne se protegía junto al con ductor del achuchón colectivo. Porque si lo llego a enriquecer aún más ampliando sus anécdotas, tendría que donarlo al «Museo de la Imaginación», que alguna vez, digo yo, se fundará para recreo y solaz de la humanidad.
Juguetes de hojalata, Ed. Del primor, 2000
viernes 23 de octubre de 2009
domingo 18 de octubre de 2009
Por allí va
Tranvía de San Sebastián a Tolosa Por allí va,
el día,
el último
tranvía.
lunes 12 de octubre de 2009
El temor a los tranvías
(Pág. 140)
Y del marido de la viuda Gómez... un gallego que había montado un boliche en el Bajo y al que le iba bien antes de que lo atropellara un tranvía... se da usted cuenta, nos decía la viuda Gómez lloriqueando, en Camariñas —eran de Camariñas, en La Coruña— yo insistí para que dejara la mar y la pesca del bacalao porque era peligroso... éramos jóvenes... nos vinimos para aquí por mí y aquí va y le atropella un tranvía... no me lo perdono... no me lo perdonaré nunca, y nos agarraba el brazo para sentirse reconfortada a pesar de nuestro silencio...(Pág. 150)
Dar la espalda
Alianza Literaria, Madrid, 2009
viernes 9 de octubre de 2009
Y los tranvías arrullarán al niño que duerme
Estas piedras son tuyas, esos ruidos son tu mente,
A los rechinantes tranvías y las calles que te unen
Al soñado bar donde se sienta la desesperación,
Son tranvías y calles: la poesía está en otra parte.
Los rótulos de cines y tiendas, una vez dejados atrás
Y añorados, no se vuelven a añorar. Extrañamente crueles
Parecen mojones absolutamente nuevos del aquí y ahora.
Pero desplázate hacia Nueva Zelanda o el Polo,
Y esas piedras florecerán y los ruidos cantarán,
Y los tranvías arrullarán al niño que duerme
Que nunca descansa, y cuyo barco siempre dará vueltas,
Que nunca podrá volver a casa, pero que, sin embargo, debe traer
De vuelta a Ilión extraños trofeos, ¡y salvajes!
Traducción Mariano Antolín Rato
jueves 1 de octubre de 2009
Fenomenal
domingo 27 de septiembre de 2009
Los tranvías y trolebuses de mi ciudad

EL ASOMBRO
El asombro sirve para vivir, para que sepamos que no todos los portales son iguales, para que la sorpresa se convierta en una pelota de nieve que alguien nos lanza con cariño.
Yo me dejaba asombrar por muchas cosas. Por los tranvías y trolebuses de mi ciudad, hasta que desaparecieron. Por los Ejercicios Espirituales, que tenían algo de extraño dentífrico para nuestras almas. Por Ben-Hur, una película que vi en el cine Fleta y que duraba toda la tarde. Por los vehículos de las funerarias, ante cuyo paso muchas personas se santiguaban, lo cual yo no entendía.
La infancia y sus cómplices,
Xordica, Zaragoza, 2002 - Pag,72.
martes 22 de septiembre de 2009
Viaje feliz como aquellos en tranvía

de este instante, sus moradas y
trabajos todos aquellos rostros que
aparecen fugaces, sin llamarlos
nunca, a través de la ventana agreste
del vagón en que viajamos, como si
el ferrocarril entero fuésemos
nosotros y sintiésemos cada una
de las miradas irrepetible y
llena de candor, como lo único
que sucederá en todo el mundo
en ese preciso instante, aún
sin saber, si imaginar siquiera
sus nombres y moradas, sus trabajos
y razones para la despedida?
¿Por qué razón no será este viaje
feliz como aquellos en tranvía,
a principios de siglo, si es la misma
ahora la velocidad con que nos
desplazamos? ¿Por qué no podrá ser
nunca igual, si el paisaje es el mismo,
iguales los nombres, ruinas y árboles?
Miradores
Del Oeste Ediciones, 1997. Pág, 19
domingo 13 de septiembre de 2009
El lamento de los tranvías mientras se pierden de vista
He nombrado lo que en la sombra no se ve:
el canto estéril de los metales entre las manos del herrero,
la paciencia de quien escucha las entrañas de la noche
y es feliz con su vigilia,
el sosiego que se ha perdido desde tus labios hasta mi huida,
el lamento de los tranvías mientras se pierden de vista
por las rampas del olvido,
el olor del pan sobre la mesa del hambre y la penuria,
la caricia que se esconde entre los pliegues de tus manos,
el temor del solitario y sus ensueños
he nombrado todo lo que he podido,
lo que en la sombra no se ve
ahora es el turno del silencio
lunes 7 de septiembre de 2009
Tiempo de tranvías

( 1 9 6 3 )
_____________________
Te has sentado en el centro de la tarde
a escuchar esa luz de oro viejo
que cae lentamente entre los pinos.
Es tiempo de tranvías y hojas secas
Exiliadas bajo una misma sombra.
Es el momento exacto del humo y del umbral,
pero nada es igual y tú lo sabes,
ni la torre que se hunde,
ni el niño que muere en brazos de un adolescente rumoroso.
[...]
jueves 3 de septiembre de 2009
La última parada
—¿Eh, adónde me estáis llevando, chicos? —preguntó repetidas veces, como si el asunto lo divirtiera. Había decidido pasar el día con ellos y no convenía mostrarse molesto en ningún caso.
[…]
Una vez apeados del tranvía, los chicos empezaron a remolcar a Ryuji hacia una carretera que se internaba en las colinas.
—Eh, un momento —protestó—. Nunca he oído hablar de ningún dique seco en las montañas…
—¿No? En Tokio, sin embargo, el metro circula por encima de las cabezas.
—Bien, ya veo que no soy contrincante digno de vosotros.
Ryuji dio un respingo y los chicos aullaron, enteramente satisfechos de sí mismos.
Yukio Mishima
El marino que perdió la Gracia del mar
Bruguera, Barcelona, 1980
Traducción de Jesús Zulaika Goicochea
Págs. 179 y 180.
lunes 31 de agosto de 2009
martes 25 de agosto de 2009
Casi presurosos
carromatos eléctricos ruidosos
que la surcaban casi presurosos
pese al ritmo pausado de la gente.
Sobre rieles de anchura diferente
contoneábanse en gestos voluptuosos,
y a su vaivén viajeros valerosos
chocaban entre sí efusivamente.
Animales y carros asustados,
como de algún dragón de años pasados,
compartían los azares de las vías.
Todos color naranja, ¡eran tan bellos!
Camagüey, que creció gracias a ellos,
trepó a ciudad en cables de tranvías…
lunes 10 de agosto de 2009
sábado 8 de agosto de 2009
Me encantaba aquel tranvía azul que tenía un olor muy característico
Zafer Şenocak( 1 9 6 1 )
_______________
Una herencia peligrosa
Los nazis la habían utilizado como lugar de reuniones para la Juventudes Hitlerianas. Crecí en esta casa. Me gustaba jugar en el desván porque el jardín era demasiado peligroso. Un día me encontré una serie de fotos en una caja cubierta de polvo oculta bajo un montón de herramientas. En todas ellas aparecía un hombre con un extraño bigore. Cuando mostré las fotos a mis padres, las quemaron inmediatamente en la chimenea.
(Pág. 27)
Foto Polizei Berlin(Pág. 50)

Foto Isar Stevejueves 30 de julio de 2009

Ángel Campos Pámpano
La ciudad blanca
Ed. Calambur, 2008, pág. 36
viernes 10 de julio de 2009
domingo 5 de julio de 2009
La cristalera que temblaba con el paso del tranvía

José Luis García Martín
A decir verdad
Llibros del pexe, 2006, pág. 230
jueves 2 de julio de 2009
lunes 29 de junio de 2009
Vuelvo a ver a mi madre
Kalman Barsy
Los veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 172
jueves 25 de junio de 2009
Farkasrét

jueves 18 de junio de 2009
El tranvía homicida
José María Cumbreño
( 1 9 7 2 )
________________________
Febrero de 2008
La escapada de los jueves por la mañana. En la librería San Francisco. Sobre las estanterías del fondo, un rótulo en el que se lee Extremadura. Reproduzco el título de la joya que he encontrado allí.
Vicente Marcos.
Mi tierra. Las Hurdes (Cáceres).
La historia de un extremeño:
—Arrastrado por la ternera.
—Arrollado por el tractor.
—Atropellado por un tranvía.
A continuación se reproducía, como para conferir más dramatismo aún al relato, las correspondientes fotos de la despiadada vaca, el alevoso tractor y el tranvía homicida.
Daba toda la impresión de que las tres imágenes las habían recortado de cualquier revista.
Con razón decía mi abuela que a ella lo que le gustaba de los libros era mirar los santos.
Límites y progresiones
domingo 14 de junio de 2009
Sus olores en el tranvía
Foto Tildy TiborLos veinticuatro días
Pre-Textos. Valencia, 2009. Pág. 111-112
sábado 13 de junio de 2009
Avenidas, calles, tranvías, puentes
Fotó: Tim Boricjueves 4 de junio de 2009
Como los amantes

en las plazas porque no saben decirse adiós»
Mauricio Wiesenthal
lunes 1 de junio de 2009
Se marcharon los tranvías
Foto de chausson bsA g u i r r e
Igual que las famosas golondrinas
se marcharon un día los tranvías
En algún cementerio de chatarra
deben yacer absurdos y apagados
los alegres tranvías de otros tiempos
con sus troles y sus asientos de madera
cubiertos por el musgo del recuerdo
asustados ante el orín del abandono
y sin saber qué hacer con tanta vida
como un día cargaron en sus cuerpos
llevándola tranquilos e inocentes
hacia un destino tan absurdo y ciego
como el triste almacén en que ahora yacen.
Olvidados y quietos los tranvías
lloran como nosotros la nostalgia
de aquel trayecto que cumplieron mansos
sin entender por qué todo sucede ahora
lejos de su armazón abandonada.
Tal vez un día vuelvan los tranvías
y se pongan delante de nosotros
y veamos en sus asientos de madera
las carteras los cuentos los tebeos
la cesta de la compra papeletas de empeño
cartas de amor un libro de poemas
recordatorios cromos flores secas
y montones de sueños olvidados
igual que los alegres tranvías de otros tiempos
que ya nadie recuerda y que se pudren
en algún arrabal de la miseria.
La herida absurda
Bartleby Editores, Madrid, 2006.
martes 26 de mayo de 2009
Tranvía a caballo
Como notificó el policía, el muchacho se había parado en medio de la calle, casi al final del camino a la escuela, justo cuando el tranvía a caballo se acercaba al trote y el cochero tocaba la campanilla como un poseso.
Cuando el padre le pidió explicaciones detalladas, Wolfram no logró acordarse de nada, salvo de que el conductor le había agarrado por el cuello y le había zarandeado.
—¡Pedazo de bruto!, ¿quieres que por tu culpa me metan en el talego? ¡Seguro que lo has hecho a propósito!
Si Wolfram no hubiese ido tan bien vestido, el conductor le habría propinado una buena bofetada; pero se contentó con entregarlo al policía que pasaba por allí haciendo su ronda.
Venganza tardía. Tres caminos a la escuela.
Tusquets editores. Barcelona, 2009. Pág. 30.
Traducción de Enrique Ocaña.
domingo 24 de mayo de 2009
Me acuerdo de los juguetes
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ME ACUERDO de los jueguetes de cuerda y lata: el camión de los bomberos, el patito nadador, el tranvía con los viajeros pintados en las ventanas... Nicanor el del tambor acabó con todos ellos.
Me acuerdo, Calambur, Madrid, 2009. Pág. 58
jueves 21 de mayo de 2009
He rozado el tranvía
pero seguro que he muerto. Hoy he rozado
el tranvía y he visto mi muerte; el cuerpo estaba
junto a la vía, y yo seguía caminando
por la avenida de los tilos. O hace nueve años,
cuando me metí con la bici debajo del Peugeot
del conde, y partí la luna con la cabeza –
¿no pude morir entonces? O aquel niño
de siete años que paseaba por el borde del tejado
salvado por un milagroso calambre
en el gemelo derecho, ¿no habrá dejado allí abajo su propio
cadáver? Recuerdo decenas de muertes así
¿cuántas me habrán pasado inadvertidas? Probablemente
desde hace años me voy elevando a esferas más altas
del cielo. Pero apenas hace un tiempo que me entra
el miedo de que este continuo morir se acabe. Porque cómo
puedo saber si la repentina oscuridad –ahora que
me levanto tras haber caído, intentando sacudirme la
suciedad,
esta oscuridad en la que los árboles crecen con las raíces
hacia arriba- es el infierno o el cielo en una avanzada tarde de
diciembre?
Te deum
Traducción de Abel Murcia
viernes 15 de mayo de 2009
Mira las avenidas
(1951)
_________________________
EL PELUQUERO DE DIOS
El peluquero de Dios
Narrativa Bartleby, Madrid, 2009, pág. 30
jueves 14 de mayo de 2009
El cumplimiento de todos los sueños
1930(1951)
_________________________
UN OLOR A VERBENA
El peluquero de Dios
Narrativa Bartleby, Madrid, 2009, pág. 12
jueves 7 de mayo de 2009
Tranvías funerarios

—¡Oh, sería una cosa impresionante! Dijo el señor Dedalus—. Coche Pullman y salón comedor.
lunes 4 de mayo de 2009
Avenida Singrú

( 1 9 7 0 )
________________________
Me imagino que hacia 1930 la avenida Singrú no sería más que una ancha rambla polvorienta, callada en verano y con largos paseos a cada lado, plantados de turbintos y farolas a gas. Hoy, la verdad, no parece un lugar que pueda transmitir ideas muy líricas. Todo aquí, en este momento, no es sino pura velocidad, cláxones impertinentes, autobuses bufantes, tranvías ruidosos, gentes alocadas y atascos quilométricos. Por eso, cuando paso estos días una y otra vez por la avenida Singrú, de camino hacia el centro de la ciudad, me gusta hacer memoria y verla ante mí como imagino que fue en otros tiempos, símbolo de una idea de la poesía. Sólo de este modo podemos sentir que transita por las fibras tejidas de un mito, de otro mito, uno moderno.
Carta para una señorita griega.
Artemisa ediciones. Tenerife-Madrid, 2009. Pág. 98
lunes 20 de abril de 2009
Hay un muro

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LA MURALLA INTERIOR DE TOKIO
I
Siempre hay un muro a mi derecha.
Un muro que sigo y que me sigue y que detrás de mí despliego al caminar y que ante mí tiene continuidad y abasto.
Un muro continuamente a mi derecha.
A mi izquierda está la ciudad, y grandes avenidas abiertas hacia toda la tierra.
Pero hay un miro a mi derecha.
Me vuelvo (en esta estación de tranvía) y sé que por allí está el mar,
Pero el muro sigue pegado a mi derecha,
Hay toda una ciudad bajo mis pies, un mundo frágil en la tarde que se enciende y se apaga,
Pero eso no impide este muro a mi derecha,
Un muro que no me conduce a otra parte más que para volver a llevarme al mismo punto,
Y cuando cierre los ojos, sólo tendré que extender la mano
Para verificar esta presencia a mi derecha.
Traducción de Eugenio Padorno
La perdiz mareada. Minutarios de 2006-2007. Anroart Ediciones, Las Palmas, 2008. Pág. 58.
lunes 13 de abril de 2009
El color de los tranvías y las galeradas de imprenta
De Mercè Rodoreda a Joan Sales
(08-01-1962)
(15-01-1962)
De Joan Sales a Mercè Rodoreda
(17-01-1962)
Club Editor, 2008
domingo 12 de abril de 2009
jueves 2 de abril de 2009
¿Cómo ha sido eso?

—Don Obrero, ¿se encuentra usted bien? —preguntó Babenberg.
—Sí, no se preocupe, don Leo. Es nada más el tranvía, que ha enganchado a un individuo ahí, enfrente de su casa, y traigo un susto que para qué.
Era sensible, el barbero era sensible. Babenberg llamó a Aquiles y le pidió que le pusiera a don Obrero un brandy. Le dio cuartelillo.
—¿Cómo ha sido eso? –preguntó.
—Espantoso. Estaba a mi lado, ahí, mismamente en la esquina. Iba a cruzar la calle cuando alguien ha pasado corriendo y le ha empujado sin querer y con tan mala sombra que en ese momento pasaba el tranvía. Le ha enganchado y le ha partido en dos. Las piernas se han quedado enfrente del Café Español y el tronco se lo ha llevado Hortaleza para arriba. No sé cuándo habrá parado, yo no me he querido quedar.
Antonio Orejudo (Madrid, 1963)
martes 31 de marzo de 2009
domingo 29 de marzo de 2009
«Pata de palo»
Piazza CordusioErmanno Olmi
( 1 9 3 1 )
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CHICO DE BARRIO
viernes 27 de marzo de 2009
miércoles 25 de marzo de 2009
Como un coche de bomberos
Elektriskais tramvajs Smilšu ielā pie Rīgas Biržasdomingo 15 de marzo de 2009
viernes 13 de marzo de 2009
Me amenazó

El esnobismo de las golondrinas
Edhasa, 2007. Pág. 44
lunes 2 de marzo de 2009
Con un blanco amarillento

[...]
Pero volvamos al trayecto del 42.
Después que el tranvía pasó, precisamente, por delante del terrenito —remiendo de la mansión señorial—, me quedó un momento en los ojos, con gran precisión, el balanceo de dos grandes palmeras que sobresalían por detrás de la casita —mamarracho— moderna. Y repasando esa fugaz visión de las palmeras, las reconocí y recordé la posición que tenían antes, cuando yo era niño y la quinta no tenía remiendo.
Por los tiempos de Clemente Colling (1942)
El Nadir Ediciones, Valencia, 2008
miércoles 18 de febrero de 2009
El olor del cielo
Foto: galeriadondebailanloschicosdeblanco
El aire blanco, acabada la tarde,
se sucede en el río.
El mar desconoce las calles,
los colores húmedos de sus casas
y el olor del cielo en los tranvías.
Sabemos que no existes sino en ciertos poemas.
Pre-Textos, 1988






























