sábado, 17 de abril de 2010

Tranvías ejemplares

M A X ..A U B
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Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas, el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Ésa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático.
Un momento después —creo que fue en la parada siguiente, a la entrada de la calle Mayor— nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez.
Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte que soy muy hombre.

Max Aub, Crímenes ejemplares
Ed. Calambur, 1996. Págs, 35-36