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sábado, 27 de noviembre de 2021

El trolley violinista


Jorge Luis Borges 
(1899-1986) 
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VLTRA número 6. 30 de marzo de 1921

sábado, 20 de julio de 2019

Un tranvía que se estremece



Néstor Sánchez
(1935-2003)
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A los sumo me abandono cada tanto y aparece una mujer descalza, es muy joven con el pelo sobre la cara, llora por su cuenta en una pieza que es también muchas piezas pero sobre todo Santos al amanecer después de un tranvía que se estremece, que no tiene remedio.

Néstor Sánchez, Siberia Blues, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1967. Pág. 45

viernes, 11 de septiembre de 2015

Seguir a una dama que después de mirarlo sube a un tranvía


ROBERTO ARLT 
(1900-1942)
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AGUAFUERTES 


Muchos psicólogos han estudiado la personalidad de don Juan Tenorio, pero nadie lo ha hecho desde el punto de vista de diez centavos, o sea don Juan Tenorio frente al problema de no tener diez centavos para seguir a una dama que después de mirarlo sube a un tranvía. (...) 
   Caminaba por la calle y, de pronto, una muchacha se complació en mirarlo. Lo miró recatadamente dos o tres veces, y de pronto se detuvo en una esquina para tomar el tranvía. Y nuestro hombre también se detuvo, pero pálido. No tenía diez centavos. En ese momento no tenía los diez centavos indispensables para pagar su boleto y seguir a la amable desconocida. Cuando llegó el coche ella subió y luego se quedó mirándolo con extrañeza de ver que él permanecía como un poste en la ochava, mirándola desaparecer. Nuestro individuo dejó caer la cabeza sobre el pecho, y permaneció allí atontado varios minutos. Había perdido la posible felicidad por diez centavos. Estaba seguro que había perdido su felicidad. ¿Cómo sería el amor de esa muchacha que lo había mirado tan profundamente? 

Roberto Arlt, Aguafuertes, Losada, Buenos Aires, 1958. Pág. 52

martes, 19 de marzo de 2013

Como al pie de un tranvía



Roberto Gache 
(1891-1966)
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 BAILE Y FILOSOFÍA 
(1928) 

Es que somos todos un poco avaros; la avaricia es el fondo último de nuestra vida. Vivimos acumulando bienes y riquezas; nos place hacer de los otros nuestras víctimas; nos place abusar de los otros. El lustrador de botines es nuestra víctima de hoy: él, por un mismo precio, va a lustrar dos veces nuestros botines. Nosotros, al retirarnos de su casa, vamos a sentir la íntima fruición de llevar, debajo de nuestro brillo visible, otro brillo invisible que no hemos pagado. La misma íntima fruición de pecado con que somos felices cuando, al bajar del tranvía, advertimos que no hemos pagado el boleto. (Pág. 26)


 Las mujeres que van por la calle, que están en los teatros, que viajan en los tranvías, son nuestra fiesta preferida de todos los días. A veces, por prolongar la fiesta, desandamos el camino andado. Cada mujer que pasa por nuestro lado se lleva algo de nosotros: cuando luego la seguimos con la mirada es algo de nosotros mismos que acompañamos y despedimos. (Pág. 81)

   
 Frente a un escenario de París el espectador estaba, como al pie de un tranvía, a la espera de una pierna fugitiva. Periódicamente, un movimiento coqueto de la actriz, que parecía involuntario, descubría por un instante el maravilloso secreto de sus piernas. Y esas pantorrillas, así imprevistas, llegaban a los hombres como un don del cielo. (Pág. 86)

   
 La vida moderna ha matado todo lo que había de espontáneo en la ciudad. La gente ya no silba ni escupe. Es una evolución que comenzó hace veinte años cuando, casi en un mismo acto, se desterraron los perros transeuntes y se quitó a los tranvías su cantora corneta de cuerno. (Pág. 101)

 

lunes, 13 de junio de 2011

En una hora, de los gallineros del fondo al Gran Rex


Era posible el viaje de la abuela en tranvía del pueblo de Belgrano a las Grandes Tiendas San Miguel, o de los trajeados, muchachos a las aventuras de amores iluminados de la calle «que nunca duerme». En una hora, de los gallineros del fondo al Gran Rex, el Tabaris o el Colón. Ese Buenos Aires del 30 que fotografió definitivamente Horacio Cóppola.

Juan Mario Molina y Vedia, Potrero, Buenos Aires: la vida privada en las orillas del secreto. Ed. Leviatán, Buenos Aires, 2006. Pág. 34

miércoles, 1 de junio de 2011

El chico que mató un tranvía

Juan Gelman
(Buenos Aires, 1930)
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ESPERAS


En los recordatorios pasan
una niña de pensamientos blancos,
el chico que mató un tranvía,
fiebre.
La calle dueña del
primer beso, volantes
de la pobreza, idiomas
diferentes que decían lo mismo,
versos cocidos en ollas vacías.
Madre de todo, aquí te espera
lo que nunca dijiste,
fiebres, fiebre.

El emperrado corazón amora, Barcelona 2011. Pág. 91.

jueves, 24 de febrero de 2011

Así cruzaba el tranvía la Buenos Aires baldía


El cornetín del tranvía
Tango 1938

Música: Oscar Arona
Letra: Armando Tagini

La clarinada rompió la siesta
en la barriada de los Corrales
y con zumbón frufrú de percales
más de una china salió al umbral...
Llegaba “el loco de Recoleta”
sembrando alardes de su corneta
y su paso era en la quieta ciudad
fiesta de curiosidad...

Así cruzaba el tranvía
la Buenos Aires baldía
de los románticos días.
Surgiendo desde el olvido
de nuevo llega al oído
el toque de aquel clarín.
¡Pinta criolla de cochero,
verseador, dicharachero!
Hoy vuelve del novecientos,
jinete en los cuatro vientos
al son de su cornetín...

Junto a una reja de Cinco Esquinas
desgrana un aire de vidalita:
su corazón ansioso palpita
frente a la dueña de su pasión.
Un “Buenas tardes” brinda a la moza
que lo devuelve con una rosa
y el cochero echa a volar su emoción
en un toque de atención.

domingo, 15 de agosto de 2010

Leer a Kant en el tranvía


Roberto Jorge Santoro
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(Buenos Aires, Argentina, 17 de abril de 1939 – detenido-desaparecido en 1977)

III

el hijo del poeta surrealista
remontó clandestinamente un barrilete
viendo a un albañil leer a kant en el tranvía

y cuando vi que el padre del ministro se transformaba
en iguana
recuerdo que se organizó un campeonato de ajedrez en
una villa miseria

así empezaron las cosas
fue cuando las gallinas todavía empollaban huevos

ahora
a los almaceneros se les ocurrió estudiar taquigrafía y
bailes clásicos

no creo que aguantemos mucho tiempo


Uno más uno humanidad, 1972

viernes, 9 de julio de 2010

Se mueve con la calle

1963

Roberto Jorge Santoro
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(Buenos Aires, Argentina, 17 de abril de 1939 – detenido-desaparecido en 1977)


IV

se mueve con la calle
con trole se alarga con su lance
calar el aire gayola que se queda
embalurdar la sombra
te enfrían la vereda
te encanan el hueso como si tal cosa
te lo hacen pasar por la academia

que se queda
que rueda con anemia

te lo hacen cantar

y ya nadie controla que te fuiste
te vas
que alguien se queda

martes, 6 de julio de 2010

La casa donde duermen los tranvías es obscura y misteriosa


Silvina Ocampo
(1903-1994)
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LA CASA DE LOS TRANVÍAS

El mayoral del tranvía número 15, como un dueño de calesitas, estaba recostado sobre el parapeto. Esperando que se llenara de gente su tranvía para salir. La casa donde duermen los tranvías es obscura y misteriosa para quienes la conocen; a veces se oye la música de un violín sobre los rieles desiertos, cuando se detienen las ruedas, a veces se oyen patadas obscuras en las caballerizas; son las almas de los caballos abandonados por los tranvías.
El mayoral del número 15 tenía los mismos bigotes de un maniquí de una tienda de Flores —allí había nacido y crecido muy alto en el segundo piso de la tienda, hasta que llegó a ser conductor de tranvía.
Todos los días, cuando el tranvía se llenaba de gente, a último momento llegaba una muchacha cargada de paquetes entre los cuales se veía colgar, indefensa, una cartera.

Cuentos Completos, Ed. Emecé

martes, 27 de abril de 2010

Leyendo en el tranvía

Cees Nooteboom
(1933)
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Por lo general, las personas no revelan mucho de sí mismas —lo que piensan, lo que se les pasa por la cabeza— cuando van sentadas en un tranvía mirando por la ventanilla, y desde luego tampoco lo que les sucede cuando van leyendo en el tranvía. Por suerte, el propio Borges lo describió en una de sus siete charlas a las que dio el título de Siete noches; vemos ante nosotros al bibliotecario, todavía joven, que todos los días toma el mismo tranvía para acudir a su biblioteca, en el extrarradio de Buenos Aires. Los demás pasajeros cotidianos conocen bien al hombre que está siempre enfrascado en su libro, la cara cerca de la página. Pero lo que pasaba detrás de esa cara solo podemos verlo porque podemos leer, tal vez incluso en otro tranvía, lo que mucho después escribió al respecto.

Tumbas de poetas y pensadores
Ed Debolsillo, 2009, pág, 136.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Mi sombra

Oliverio Girondo
(1891-1967)
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APUNTE CALLEJERO

En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana. Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda... Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Pero no eran lo mismo

Eustaquio Gómez
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MI VIDA EN LA CIUDAD, BANIFIELD (fragmento)
Vivía en la calle Vieytes, desde allí nos tomábamos un colectivo hasta la estación, con mi tía Sara; comenzaba a cambiar el mundo. Subíamos al tren, que era con vagones de primera todos con asientos de cuero, o de segunda con asientos de madera. Pero lo más emocionante era luego abordar el tranvía, ese maquinista me parecía todo un audaz, manejando la mole de hierro entre toda esa maraña de autos negros, se podía ver la ciudad de Buenos Aires con las ventanillas al aire libre, viajaba despacio y siempre tocaba la campana, en ocasiones se escuchaba el chisporroteo contra la catenaria. Luego llegaron los trolebuses, pero no eran lo mismo.

Blog Cinco de valium y uno de rivotril

domingo, 15 de noviembre de 2009

Letra de tango

TIEMPO DE TRANVÍAS
.
Tiempo de tranvías tropezando el empedrado.
Patios que se abren a la luna y al parral.
Mágicos zaguanes con temblor de besos largos.
Penas de ginebra que tanguean en el bar.
.
Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso.
Noches con la barra en la esquina fraternal.
Sábado y milonga que promete el club del barrio
y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual.
.
Tiempo de tranvías,
que allá se desbarrancaron.
De los carnavales
que fueron de otra ciudad.
Te vieron mis ojos pibes
encendidos y asombrados.
Te canta mi tango nuevo,
con ganas de recordar.
.
Tiempo lindo de tranvías,
que fueron de otra ciudad...
.
Fueye de Pichuco cuando el gordo era muchacho.
El violín de Gobbi y la orquesta de Caló.
Barras milongueras de Pugliese en cada barrio.
Tangos del 40 que canté con otra voz.
.
Era mi Corrientes colmenar de tango vivo.
Era cada ochava la promesa de un cantor.
Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos.
Sé que ya el olvido no podrá jamás con vos.
.
Tiempo lindo de tranvías,
que fueron de otra ciudad...
.
Letra de Héctor Negro y música de Raúl Garello

lunes, 12 de octubre de 2009

El temor a los tranvías

Jordi Bonells
(Barcelona, 1951)
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En el gueto, los niños juegan tranquilamente en medio de la calle sin temor a los automóviles que apenas pasan; en el Ku’damm, los automóviles y los tranvías circulan no menos tranquilamente sin temor a atropellar a los niños que se quedan jugando en los jardines de sus mansiones o andan por la vereda de la mano de un adulto, de su mami, de la mucama o de una tía.
(Pág. 140)
Y del marido de la viuda Gómez... un gallego que había montado un boliche en el Bajo y al que le iba bien antes de que lo atropellara un tranvía... se da usted cuenta, nos decía la viuda Gómez lloriqueando, en Camariñas —eran de Camariñas, en La Coruña— yo insistí para que dejara la mar y la pesca del bacalao porque era peligroso... éramos jóvenes... nos vinimos para aquí por mí y aquí va y le atropella un tranvía... no me lo perdono... no me lo perdonaré nunca, y nos agarraba el brazo para sentirse reconfortada a pesar de nuestro silencio...
(Pág. 150)


Dar la espalda Alianza Literaria, Madrid, 2009