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sábado, 16 de enero de 2021

Los tranvías rompían lo blanco

Elena Poniatowska 
(1932) 
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Esta tarde, en la calle de Porfirio Díaz 125, hablamos de fresnos y tranvías, porque antes, en Mixcoac, en San ángel, en Coyoacán, en Tacuba, en Tacubaya, los tranvías eran un acontecimiento, sobre todo los que venían de Xochimilco cargados de viandantes con sus canastas de tomates y de frescas romanitas. Los tranvías rompían lo blanco, hacían temblar los hierros y su ruido nos calaba hasta los huesos. Ahora ya no hay rieles o se han achatado, y los tranvías son unos pobres animales desdentados, su ruido es el menor de los sonidos en medio del estruendo infernal de tantas pisadas gimientes. Hace ya muchos años que Ramón Xirau, Tomás Segovia y tú dejaron de caminar por esta ciudad que ahora nos rechaza. 

Elena Poniatowska, Octavio Paz. Las palabras del árbol, Plaza & Janés, Barcelona, 1998

martes, 1 de octubre de 2013

En un tranvía por la noche


Roberto Bolaño 
(1953-2003)
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Un tao... Un Tao... Nuestro pequeño Darío 
alejándose en un tranvía 
por la noche de México D.F. 

Con su americana violeta 
en un tranvía casi vacío. 
Sonríe detrás de la ventanilla. 

 Después el tranvía se pierde 
con su traquetreo eléctrico 
en medio de la noche. 

Y la escena se repite una y otra vez 
y él me dice sin salir de la puerta 
se conoce el mundo.

La universidad desconocida, Anagrama, Barcelona, 2007. Pág. 121

domingo, 6 de marzo de 2011

Solían fabricar tranvías

Mi abuelo paterno manejó tranvías: los había en el centro, Av. Revolución, Insurgentes, Bucareli, Chapultepec, Patriotismo, Baja California (la avenida, o sea, Eje 3 Sur), Av. Cuahtémoc, Félix Cuevas, Tlalpan… las principales. Mi padre y sus hermanos (o sea, mis tíos) solían fabricar tranvías y camiones usando papel, madera, plásticos, etc. Cuando eran niños, para jugar. Fueron muchos, mi papá conservó varios, y yo los destruí con mi andadera en mi niñez. Fue sin querer. Mi padre aún conserva esos restos. Este que ven es sólo uno, el más conservado, los otros están un poco más destruidos: papel y madera chuecos.

sábado, 17 de abril de 2010

Tranvías ejemplares

M A X ..A U B
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Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas, el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Ésa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático.
    Un momento después —creo que fue en la parada siguiente, a la entrada de la calle Mayor— nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez.
    Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte que soy muy hombre.

Max Aub, Crímenes ejemplares
Ed. Calambur, 1996. Págs, 35-36