Esta es la bitácora de un coleccionista de citas, poemas, fotos y ciudades
Josep Carner
(1884-1970)
________________
EL EUCALIPTO DE QUARTO DEI MILLE
Es un día de invierno sin malicia,
y enfrente, con su oro fino y miel,
cubre un viejo eucalipto de caricias
un pedazo de cielo.
Cuántas cosas revela o medio oculta,
la hilera de cipreses por debajo;
una esquina de mar, solo una esquina,
brillante, como un lagarto que duerme,
olivos tan contentos
con su pequeño azogue por amigo,
las tres casas rosadas
charlando al borde de la loma,
el camino donde resbala el cura, la hortelana
y los abarrotados tranviítas,
y el puentecito del tren que se ufana
de sus múltiples ojos.
Cuando atraviesa el viento osado
vibra el aire con un largo silbido
y cada puerta al golpear se ahoga,
pero el viejo eucalipto es un sabio
y no un atolondrado.
Por más que empuje la ventisca
no descompone su antiguo tesoro;
en las encarnizadas embestidas
mueve solo un mechón de hojas áureas.
Así, delante del tierno paisaje,
que agita ahora un súbito entusiasmo,
el árbol que señala benévolo mi casa
es como una coqueta que, dentro del cortejo
de un rito sacro,
incluso en día de revuelo y turba,
mueve el cuello con un fulgor de nácar,
el satinado y bello piececito
o el dedo del anillo.
José Saramago
(1922-2010)
Desde la mesa donde está, por los
espacios entre las cortinas, ve pasar fuera los tranvías, los oye rechinar en
las curvas, el tintineo de campanillas sonando líquidamente en la atmósfera
penetrada por la lluvia, como las campanas de una catedral sumergida o las
cuerdas de un clavicordio resonando infinitamente en las paredes de un pozo.
José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis,
Debolsillo, Barcelona, 2015. Página 50. Traducción de Basilio Losada.
DICIEMBRE EN FLORENCIA
EXACTAMENTE COMO LOS PERROS
Permanecimos en el hueco y ventoso recinto del arco escuchando los ruidos amortiguados del pueblo, un tren de carga entrando en un desvío, una sirena en los muelles, los roncos tranvías de las calles lejanas, alguien que batía hierro, un ladrido de perro, ruidos de ignota procedencia, un distante crujir de madera, puertas que golpeaban donde no había casas, una máquina que, en una colina, balaba como una oveja.
¿Por qué estaba allí, encorvado, con otro muchacho meditabundo y conmigo, escuchando nuestra propia respiración y al mar y al viento, que diseminaban arena bajo el puente, y a ese perro encadenado, y a esa sirena, y el rodar de los tranvías a una docena de manzanas de distancia.
Los tranvías habían enmudecido.
Me gustaba caminar a medianoche por la ciudad mojada, cuando las calles estaban desiertas y las ventanas apagadas, solo y vivo sobre las relucientes vías de los tranvías de High Street, vacía y húmeda bajo la luna, gigantescamente triste en las húmedas calles junto a la fantasmagórica capilla de Ebenezer.
Perdí el comienzo del relato, mientras pensaba en el pánico del hombre de la playa, corriendo como un futbolista de un lado a otro, entre las sombras amenazantes, hacia las luces del otro lado de la vía del tranvía, y recogí la voz de Tom en medio de una frase.
Relampaguea, suena el primer
trueno, caen cuatro gotas… han desaparecido los diez taxis en un santiamén, la
heladera se ha escondido en el servicio, los tranvías, asustados, se han
detenido mucho antes de llegar a la plaza […]. Sale, amarillo por completo y
mareado, el sol, pasan ocho tranvías, uno tras otro, se abren solas las puertas
de la iglesia y aparece, rodeada de claridad y montada en bicicleta, una
muchacha que se llama Marta, que tiene quince años, una espléndida melena
húmeda, unos ojos azules y los labios pintados con el carmín más arbitrario […].
Pasa veloz, tocando el timbre, por delante de la pastelería, me hago la ilusión
de que me sonríe, contemplo el espejo, despacho media libra de caramelos y todo
permanece como dos horas antes; los conductores de tranvía toman el vermut en
casa Antonet.
(Correspondència Foix-Obiols.
Barcelona, 1994. Págs. 256-260. Traducción de JAC)
SINGULAR NARRACIÓN
Alejados de la parada, miré hacia
atrás y me di cuenta de que en aquel paraje no existía ningún tipo de
instalación tranviaria: el tranvía, sin ruedas, con la carrocería reventada y
el trole partido, tenía el aspecto de hacer muchísimos años que se pudría sobre
el arenal al embate del tiempo.
(Trossos, marzo de 1918. Traducción JAC)
Calvert Casey
(1924-1969)
_________________________
[Calvert Casey, Notas de un simulador, Seix Barral, Barcelona, 1969. Pág. 41]