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sábado, 13 de febrero de 2021

Sentada en un tranvía

Anna Ajmátova 
(1889-1966) 
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La publicación de La tarde le disgustó tanto que se marchó de viaje a Italia (en la primavera de 1912); sentada en un tranvía, pensaba mirando a los viajeros: «¡Qué felices son: a ellos no les publican libros»!
Mis recuerdos de Petersburgo son muy tempranos: se remontan a 1890. De hecho, es el Petersburgo de Dostoyevski, un Petersburgo anterior al tranvía eléctrico, con carruajes y con ferrocarril urbano de tracción a caballo, lleno de ruidos y chirridos, con un sinnúmero de lanchas y cubierto de pies a cabeza de anuncios que impedían contemplar la arquitectura de los edificios. 


[Anna Ajmátova, Réquiem y otros escritos. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2000. Traducción de José Manuel Prieto. (Págs. 98 y 101)]

domingo, 22 de julio de 2018

Un tranvía extraviado


LOUIS SIMPSON
(1923-2012)

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EL MARIDO DE AJMÁTOVA

El marido de Ajmátova, Gumiliov,
era poeta y explorador.
Escribió poemas sobre animales salvajes
y tenía ideas fantásticas:
un pájaro rojo con cabeza de mujer
y un tranvía extraviado,

que desprende fuego «como una tormenta de alas negras»,
sobrevuela los puentes,
pasa junto a una casa con tres ventanas
donde vivía una mujer que una vez amó,
y se abalanza sobre él
dos pezuñas en el aire y un guante de hierro.

Gumilov luchó en la Gran Guerra
con un valor casi increíble,
fue condecorado dos veces con la Cruz de San Jorge.
Vio a un viejecito
forjando la bala que lo mataría.

No era una bala alemana, era rusa.
A Gumiliov lo mataron sus propios compatriotas
como les sucede a menudo a los poetas en Rusia.

Todo el mundo habla de Ajmátova
pero nadie menciona a Gumiliov.
Eso no le habría importado a Gumiliov.
Cuando el hombre enviado por el gobierno vino a matarlo,
«Anda, dame un cigarrillo», dijo Gumiliov,
«y acabemos de una vez».

The Best Hour of the Night, 1983. Traducción de Javier Cantero Sabata. En Clarín nº 135, mayo-junio, 2018


lunes, 24 de mayo de 2010

Correr tras el tranvía

Viktor Shklovski
виктор шкловский
(1893-1984)
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Cuando yo todavía no había cumplido los treinta y no conocía la soledad, y no sabía que el río Spree es mucho más angosto que el Neva, y no residía en la pensión Marzahn, cuya patrona no me permite cantar de noche mientras trabajo, y no me estremecía con el sonido del teléfono, cuando la vida todavía no me había cerrado de golpe la puerta a Rusia pillándome los dedos, cuando creía que podía quebrar la historia con mi rodilla, cuando aún me divertía correr tras el tranvía...


Ahora que ya sé que el Spree es treinta veces más estrecho que el Neva, ahora que yo también he cumplido treinta años, cuando espero la llamada de teléfono, a pesar de que me han dicho que nadie llamará, cuando la vida me ha pillado los dedos con la puerta y la historia está demasiado ocupada para escribir cartas, cuando subo al tranvía sin cambiar su trayecto, cuando mis pies ya no calzan aquellas botas ciegas y ya no sé cómo pisar...


¡Amigos, hermanos! Que gran equivocación es que yo esté aquí!
Salid todos a la calle, salid a la avenida Nevski, y rogad, suplicad y exigid que me permitan volver.
Para evitar cualquier incomodidad, podéis recorrer la avenida Nevski en tranvía.
Pero sobre todo, no cedáis terreno, amigos.
Estoy instalado en Berlín, tengo aquí vínculos afectivos, pero si me dijesen: «Puedes regresar», os juro por OPOYAZ que volvería a casa a pie si fuera menester, sin mirar atrás, sin llevarme siquiera mis manuscritos. Sin llamar por teléfono.

Zoo o cartas de no amor
Ático de los Libros, Barcelona, 2010. Pág. 58
Traducción de Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira