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martes, 4 de febrero de 2025

Los tranvías, asustados


Josep Vicenç Foix 
 (1893-1987)
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Relampaguea, suena el primer trueno, caen cuatro gotas… han desaparecido los diez taxis en un santiamén, la heladera se ha escondido en el servicio, los tranvías, asustados, se han detenido mucho antes de llegar a la plaza […]. Sale, amarillo por completo y mareado, el sol, pasan ocho tranvías, uno tras otro, se abren solas las puertas de la iglesia y aparece, rodeada de claridad y montada en bicicleta, una muchacha que se llama Marta, que tiene quince años, una espléndida melena húmeda, unos ojos azules y los labios pintados con el carmín más arbitrario […]. Pasa veloz, tocando el timbre, por delante de la pastelería, me hago la ilusión de que me sonríe, contemplo el espejo, despacho media libra de caramelos y todo permanece como dos horas antes; los conductores de tranvía toman el vermut en casa Antonet.

(Correspondència Foix-Obiols. Barcelona, 1994. Págs. 256-260. Traducción de JAC)


***


SINGULAR NARRACIÓN

Alejados de la parada, miré hacia atrás y me di cuenta de que en aquel paraje no existía ningún tipo de instalación tranviaria: el tranvía, sin ruedas, con la carrocería reventada y el trole partido, tenía el aspecto de hacer muchísimos años que se pudría sobre el arenal al embate del tiempo.

  

(Trossos, marzo de 1918. Traducción JAC)


miércoles, 18 de septiembre de 2024

El último tranvía



El conductor del último tranvía que circuló por la ciudad, el día en el que había previsto el ayuntamiento la finalización del servicio, fue elegido por ser el más joven de la plantilla. Una mitad del consejo de administración opinaba que debía ser el de mayor edad, para sugerir el envejecimiento natural del medio de transporte. La otra mitad discrepaba pensando en los reportajes fotográficos en la prensa al día siguiente. Al final triunfó este criterio. Un guapo conductor fulguró en un viejo tranvía, idéntico al que me había subido mi padre cuando me llevó por primera vez al cine.

José Ángel Cilleruelo. El Visir de Abisinia

sábado, 30 de septiembre de 2023

Las ruedas de un tranvía parten en dos la tarde



Angelina Gatell 
(1926-2017)
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EFEMÉRIDES


Mil novecientos veintiséis. Ocho de junio.

Las ruedas de un tranvía parten en dos la tarde.

Muere Gaudí

mientras yo abro los ojos

para ver su locura esculpida en el viento.


En las agujas

donde brilla la piedra sometida

al fervor de sus manos,

se enhebran día a día los enigmas

de mi ciudad. Su alma.


La música

cruzará -eso dicen-,

la extensión de la bruma, emancipada

del órgano afilado y riguroso.


De la montaña al mar será al fin libre.


Custodiada

por el verde mural que la circunda,

prosigue el sortilegio su andadura.

                                                       Añade

más misterio al misterio.

                                          Magia blanca

transformando la luz en lo imposible.


Un día mi ciudad,

la perdida, la legendaria Laie,

será el sueño de un hombre.

Mis ojos

se habrán cerrado ya. Pero habrán visto.




Angelina Gatell. Sobre mis propios pasos (Poesía Completa, vol. I). Bartleby Editores. Madrid, 2023. Págs. 516-517.

sábado, 29 de julio de 2023

Barcelona Tram



Raymond Mason 
(1922-2010) 
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En 1963 Mason modeló con escayola un bajorrelieve de los hombros y las espaldas de un hombre a la medida natural (la misma espalda aparece años más tarde en «Los vendimiadores»). Sin estar idealizado, es físicamente heroico; no es la espalda de un esclavo porque muestra orgullo, ni la de un atleta porque parece demasiado cansada. Por su resistencia, se podría tratar de la espalda de Sísifo, desnudo de cintura hacia arriba. 
       Diez años antes, en 1953, Mason había hecho un relieve den bronce de un tranvía de Barcelona lleno de pasajeros por la mañana. Aún recuerdo la impresión que me produjo esta obra cuando la vi por primera vez. Un artista desconocidos, que sin duda se consideraba descendiente directo de Donatello y Ghiberti —menudo insolete— , había observado, modelado y fundido en bronce trabajadores —hombres y mujeres—; la sensualidad cotidiana de las calles.
 
***
 
Esta obra representa una parada de tranvía frente a la estación de tren Estación de Francia, en Barcelona. Fue el primer ejercicio de bajorrelieve de Mason y escribió que se inspiró en «el sol fuerte y las formas opulentas y escultóricas de la gente. La llegada casi ritual de los tranvías ante la grandeza solemne e iluminada por el sol de la estación era irresistible».

sábado, 8 de mayo de 2021

Si el tranvía va demasiado lleno


Mercè Rodoreda
(1908-1983)
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LA PLAZA DEL DIAMANTE
 
Y salimos a la Calle Mayor, y yo hacia arriba, y él detrás de mí y los dos deprisa, y, al cabo de los años, aún lo contaba, la Colometa, el día que la conocí en la plaza del Diamente, echó a correr y justo delante de la parada del tranvía, ¡pataplaf! las enaguas por el suelo. (Págs. 22-23)
 
Y fue mientras contemplaba el mirlo Quimet empezó a hablar del señor Gaudí, a quien su padre le había reconocido el día en el que le aplastó el tranvía, que su padre había sido uno de los que le habían llevado al hospital, pobre señor Gaudí excelente persona, te das cuenta qué muerte más miserable… (Pág. 27)
 
Cuando nos dijimos adiós con Quimet en la parada del tranvía, oí que Cintet le decía: no sé de dónde las has sacado, tan bonita… Y escuché la risa de Quimet, ja, ja, ja… (Págs. 34-35)
 
Porque de pequeña había oído decir que te parten. Y siempre había tenido mucho miedo de morir partida. Las mujeres, dicen, mueren partidas… La tarea ya empieza cuando se casan. Y si no las han partido, la comadrona las acaba de partir con cuchillo o a golpes de vidrio de botella y así se quedan para siempre, o desgarradas o cosidas, y por eso las casadas se cansan antes cuando han de estar un rato derechas. Y los señores que lo saben, si el tranvía va demasiado lleno, y hay algunas que están de pie, se levantan y las dejan sentar y, los que no los saben, se quedan sentados. (Pág. 63)
 
[Mercè Rodoreda, La plaça del Diamant, Club Editor, sisena edició, Barcelona, 1967. Traducción JAC]

sábado, 27 de marzo de 2021

El diminuto tranvía 14



«…pienso en mis tiempos de Sarriá: el diminuto tranvía 14, asientos cara a cara… saludos; nos conocíamos todos; decíamos «voy a Barcelona…». 
J.V.FOIX

José Cruset, Valores de mi tiempo. Notas de literatura española actual. Taber. Barcelona, 1970 Pág. 111-112

viernes, 19 de marzo de 2021

El tranvía azul de la calle Anglí



«…recuerdo el tranvía azul de la calle Anglí… el trayecto costaba cinco céntimos; nuestras idas a la Bonanova, con mi madre; mi padre moría a los treinta y siete años, yo tenía cuatro…; íbamos a ver a una familia amiga… eran ricos, y nosotros éramos muy pobres… íbamos con timidez…» 
JOAN VINYOLI
 
José Cruset, Valores de mi tiempo. Notas de literatura española actual. Taber. Barcelona, 1970 Pág. 293

sábado, 30 de enero de 2021

Siempre parado

Joan Vinyoli 
(1914-1984)
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PERIFERIA

Es probable que nunca pueda

tomar este tranvía

siempre parado como todo

lo que resulta útil

de verdad.

         Todas las ventanas

de la casa apagadas.

                   Se comprende

que nunca se aproxime

nadie.

         Dejemos todo

aislado, lejos, que es cuando las cosas

se manifiestan.

         No te estorben

los movimientos.

         Esta larga cinta

de carretera de suburbio solo

indica sitios donde ir,

pero no es necesario ir.

                   Nunca.

                            Quedémonos

aquí.

         Si quieres, cuando ya no consigas

soportar más la soledad

llama al taxi

que está inmóvil también fuera del tiempo.


[Joan Vinyoli, Encara les paraules, Edicions 62, Barcelona, 1973. Traducción de JAC]


sábado, 14 de marzo de 2020

En el tope del tranvía



Antonio Beneyto
(1934-2020)
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Al subetopes le daba por soñar en cosas extrañas cuando iba en el tope del tranvía. 
     «Hoy volví a quedarme con el dinero del tranvía. Cuando llegue a la escuela me compraré caramelos y una goma de mascar. Me gastaré todo el dinero. La vuelta la haré a pie. Por las noche los topes van insoportables; con esos hombres de uñas largas y tarteras grasientas: mientras, yo voy recordando las declinaciones en latín del próximo día; o aquella ecuación que no sabía por dónde meterle mano. Sin embargo, el que está detrás de mí en la clase sí que sabe meterle mano a la operación matemática, a su compañero y luego, como es natural, siempre acaba masturbándose con el pensamiento; el procedimiento es muy curioso: primero lo hace con un trozo y al rato con el otro. Yo soy de otra forma de ser. Prefiero ahorrar lo del tranvía y vender un poco de metal y plomo al chatarrero y después irme con una mujer por cinco minutos… Al menos siento los pies fríos en el suelo de la habitación…»

Antonio Beneyto, Algunos niños empleos y desempleos de Alcebate. Editorial Lumen, Barcelona, 1974. [Pág. 37]

domingo, 5 de enero de 2020

En el tranvía


J V FOIX 
(1893-1987) 
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En Quirc de l’Erminda

Lo he visto yo mismo, cuando salíamos juntos de detrás del ventanal donde leíamos los diarios de no sé bien qué siglo. A Quirce de la Herminda todos le miran y no sabe por qué. Por las plazas y los pasajes; en el tranvía; por las esquinas mal anguladas de los subterráneos; en las tiendas donde compra mecanismos con ruedecitas y esferas de difícil emparejar, extraños berbiquíes y alambre; por los pasillos gélidos del club náutico y por allí donde rondan bípedos con cabeza de billar, le miran y remiran, con la mirada fija. 

J.V. Foix, Darrer Comunicat, Barcelona, 1970 (Traducción de JAC)

domingo, 9 de abril de 2017

Los tranvías que tintinean


Josep Carner 
 (1884-1970) 
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 Las bonhomías 


En las ciudades populosas, por otra parte, abundan las instituciones para el fomento y la explotación de la inocencia. Aquí tenéis los escaparates de las tiendas, las bandas militares, el cobijo de las plazas porticadas, los anuncios luminosos, el quiosco de diarios, los cafés llenos de murmullos, de música y de espejos, las calles de coches, las fachadas brillantes de los teatros, los tranvías que tintinean, los manifiestos políticos y carteles electorales, las bocas abiertas de las estaciones y los metropolitanos, las obras que destripan una calle… (pág. 22) 


No puedo dejar de simpatizar con este señor de cabello blanco, ojos humildes y gestos minuciosos que, en cuanto se ve seguro en el tranvía, se saca un diario del bolsillo, hoy, lunes, día en el que no salen, y empieza a desplegarlo… 
   [...] Creo inferiores, socialmente hablando, a los que tienen la costumbre de leer el diario en el tranvía o en la barbería. (págs. 73 y 74) 

 Josep Carner, Les bonhomies, Llibreria Catalònia, Barcelona, 1925. [Traducción JAC]

sábado, 1 de octubre de 2016

El oro viejo del tranvía


Marià Manent 
(1898-1988) 
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1919. 24 de abril 

Tiene una suavidad que nos sosiega 
la doble hilera de plátanos 
que en silencio van hacia el Tibidabo 
cuando pasamos, al atardecer. 
Melenas verdes juntas, testas jóvenes, 
parece que se dicen algo a veces. 
La luz es tenue, delicada, 
se avieja el oro viejo del tranvía. 
El azul de los montes, más allá, 
con dulce curva se aparta del cielo. 
Ciudad. Orden y gente lenta. Aroma. ¿Qué aroma?


Marià Manent. L'aroma d'arç. Laertes, Barcelona, 1982. Pág. 17. Traducción de JAC

sábado, 2 de abril de 2016

Se adivinaba el tranvía


Joan Perucho 
(1920-2003)
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Quedaron restos de las coronas, alguna flor de siempreviva, minúsculos desperdicios de lustrina funeraria. Cuando la puerta del piso se hubo cerrado, durante cinco o seis minutos, por primera vez, la soledad y el silencio quedaron subrayados por la sorda y distante vida de la calle. El vidrio de alguna ventana trepidaba suavemente al impulso del rumor apagado de un coche: se adivinaba el tranvía, el eco de una voz. Una insólita hoja de árbol fue proyectada, yerta, contra el balcón, hizo un movimiento circular y se detuvo casi en el borde mismo de los hierros de la baranda.

Rosas, diablos y sonrisas. Madrid, 1990. Pág, 123

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las paradas del tranvía


Paul Nizon 
(1929) 
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SUMERGIRSE 


Ve tranvías como coches de circo, revestidos totalmente de publicidad, publicidad en colores duramente chillones, deslumbrantes como el helado de leche.


Me veo en Zurich saliendo de la estación. Un hombre trasnochado, que espera de mal humor el tranvía. Vestido con su traje sudado y con arrugas espera en la parada. Es por la mañana. Sobre el puente, un solitario tranvía de construcción antigua traquetea hacia La Central.


Durante el viaje en tranvía, una sobrecogedora sensación de pérdida, y, al mismo tiempo, pánico. El camino sobre los raíles, con parada en todas las estaciones, se convierte en la escenificación de un plazo de gracia consumiéndose.


Entonces salía con mi perro a las calles y me mezclaba con los ejércitos fantasmagóricos de trabajadores y empleados que ya estaban en camino o que ocupaban las paradas del tranvía.


Paul Nizon, Sumergirse, Destino, Barcelona, 1991. Traducción de Oliver Strunk. Páginas 19, 42 y 92

viernes, 30 de mayo de 2014

La parada del dolor y del olvido


Jordi Bonells
(1951)
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EL OLVIDO 

Sueña que va subido en un tranvía rojo repleto de gente. Está en la plataforma trasera. Hace un calor tremendo. Siente cómo las gotas de sudor le chorrean por la espalda y por las axilas, empapando la camiseta y la camisa blanca de manga corta que lleva puestas. Durante el trayecto se distrae leyendo los anuncios publicitarios que adornas la cornisa superior del tranvía […]. Al cabo de un rato, toca la campana para pedir parada pero el tranvía no se detiene. Se diría incluso que acelera. A codazos y empujones se abre paso por el pasillo para ir a quejarse al conductor, el cual, de pie, con un traje de pana ligera de color beige, frente al puesto de mando y sin soltar la manivela, le trata con displicencia: ya he oído la campanita, caballero, pero se equivocó usted de parada… cómo va a saber usted mejor que yo dónde me tengo que apear, le argumenta Pedro Pich… porque lo sé y punto, para eso estoy, tranquilícese, aquella parada no le convenía… a nadie le conviene… nunca me paro ahí… era la parada del dolor y del olvido…. Frene ahora mismo, grita Pedro Pich, enfurecido… Muy bien, caballero, pero yo ya se lo he advertido, comete usted un grave error… Pedro Pich salta entonces en marcha sin esperar que el tranvía se detenga del todo y tiene que correr unos metros junto a él para no perder el equilibrio arrastrado por la fuerza cinética… entonces el tranviario se asoma al pescante y le grita riéndose: eres un imbécil, solo intentaba ayudarte, eres un cabezota, allá tú… Pedro Pich, que hasta ese instante no le había prestado atención, se da cuenta de que el tranviario es su hermana… ¡qué haces de tranviaria… no es un trabajo de mujeres!... ¡no te metas en mi vida!, tiene tiempo de gritarle antes de que el tranvía se aleje por una pendiente hasta perderse de vista, y con él la hermana que no para de reírse… 

Jorge Bonells, El olvido, Planeta, Barcelona, 2001. Págs. 45-47

domingo, 4 de mayo de 2014

La panza roja y negra de los tranvías


Ana María Matute
 (1926)
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LUCIÉRNAGAS

En los locales públicos había espejos y cristales con las iniciales de partidos políticos. CNT, UGT, FAI, que también girtaban desde la panza roja y negra de los tranvías, las traseras de los coches, la paredes de las casas.
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Salieron en silencio. Durante el trayecto Eduardo no dijo nada. Las calles estaban a oscuras y no funcionaban los tranvías. Descendieron por Muntaner cogidos del brazo. Sol sentía la mano de él extrañamente apretada.

Luciérnagas, Destino, Barcelona, 1993.  Páginas 85 y 153.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El tranvía nos brinda el espectáculo de la antropología


Detenido en su parada en medio de una calle, el tranvía nos brinda el espectáculo de la antropología. Entonces cada ventanilla recorta el busto de un pasajero como el marco de un retrato. ¡Qué fantástica galería de rostros enmarcados en el acero de color encarnado de la carrocería, menuda colección de perfiles, qué monstruos tan atractivos, cada rostro, real e hiperreal, fugándose, merced a su movilidad y a la exageración de uno u otro rasgo, de las proporciones y armonías clásicas que conforman el ideal odioso de la belleza de nuestro imaginario! Rostros absortos, rasgos desplazados, bocas entreabiertas, miradas dispersas, sonámbulas. ¡Mira el tranvía! ¡Ecce homini! 

Ignacio Vidal-Folch, Lo que cuenta es la ilusión, Destino, 2012, pág. 210

lunes, 8 de julio de 2013

Lo que el tranvía iba dejando al paso



María Elvira Lacaci
(1928-1997)
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EN EL TRANVÍA

Señor,
no intento preguntarte. No sabría.
No digo si en el barro
o en la estrella
la vida debe ser —si allí se siembra—.
Eso es tuyo, Señor.
No lanzo al viento
este dolor
nacido, apretado y crecido
sobre mi corazón,
al ver
esta mañana
en el tranvía
a una pobre mujer
oliendo a sucio. Con supurantes ojos.
Y, a su lado,
una preciosa niña. Paliducha.
Los andrajos
sobre su cuerpecillo no eran tristes,
pero sus ojos sí. Me desgarraban.
Eran oscuros. Grandes.
Pero el daño
contagiado —o heredado tal vez— los estragaba.
Y quería mirar
lo que el tranvía
iba dejando al paso —autobuses, perrillos, otros niños, el guardia—.
Los entreabría apenas. Los cerraba.
Los volvía a entornar.
Y le lloraban.
Entonces
los restregaba ansiosa
con sus pequeñas manecitas sucias.

No te pregunto, Dios. Hay cosas tuyas
que no debo inquirir.
Lo sé. Ni acuso
sobre la creación a ningún ser.
Y, hasta voy más allá,
cuando te digo
que si el pobre,
encima de ser pobre,
todavía…
Pero aquella niñita
cerrándole a la luz sus ojos grandes…



Al este de la ciudad, Juan Flors Editor, Barcelona, 1963. Pág. 172

jueves, 4 de julio de 2013

O en los tranvías


Eduardo Moga 
( B a r c e l o n a ,  1 9 6 2 )
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INSUMISIÓN 

 …en el que se inmiscuían aromas sucios —a jazmines podridos y vestíbulos ofendidos por el zotal; a sudor de domingo y aguas portuarias, que sobrevivían a las heces del gasóleo; a los nispereros que despedían un tufo azafranado y se desprendían de sus frutos, cuya pulpa destripada alfombraba los patios, y a los pájaros que se cagaban en ellos, blanqueándolos con deposiciones aladas; a la leche que mamaban los niños en los bancos públicos o en los tranvías, y a los pechos cerámicos de los que manaba aquella leche—, olores que me acompañaban…

Insumisión, Vaso Roto, Madrid, 2013. Pág. 38

miércoles, 20 de febrero de 2013

El tranvía de Todó

«Tranvía», de Francesc Todó. Litografía

Se levanta, tiene mucha prisa. «¿Me permites? He de cambiarme», y cruza a buen paso el familiar desorden del estudio —aquellos discos que un día le regalé, los libros tan queridos, el batín japonés, los cojines por el suelo, el tranvía de Todó— como ángel del Señor dejando atrás las ruinas de Sodoma. «Llévate lo que quieras», dice. 

Juan Marsé, Noches de Bocaccio, Cuadernos Alfabia, Barcelona, 2011. Página 38.