martes, 27 de enero de 2026

Los tranviítas



Josep Carner

(1884-1970)

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EL EUCALIPTO DE QUARTO DEI MILLE

 

Es un día de invierno sin malicia,

y enfrente, con su oro fino y miel,

cubre un viejo eucalipto de caricias

un pedazo de cielo.

Cuántas cosas revela o medio oculta,

la hilera de cipreses por debajo;

una esquina de mar, solo una esquina,

brillante, como un lagarto que duerme,

olivos tan contentos

con su pequeño azogue por amigo,

las tres casas rosadas

charlando al borde de la loma,

el camino donde resbala el cura, la hortelana

y los abarrotados tranviítas,

y el puentecito del tren que se ufana

de sus múltiples ojos.

Cuando atraviesa el viento osado

vibra el aire con un largo silbido

y cada puerta al golpear se ahoga,

pero el viejo eucalipto es un sabio

y no un atolondrado.

Por más que empuje la ventisca

no descompone su antiguo tesoro;

en las encarnizadas embestidas

mueve solo un mechón de hojas áureas.

Así, delante del tierno paisaje,

que agita ahora un súbito entusiasmo,

el árbol que señala benévolo mi casa

es como una coqueta que, dentro del cortejo

de un rito sacro,

incluso en día de revuelo y turba,

mueve el cuello con un fulgor de nácar,

el satinado y bello piececito

o el dedo del anillo. 


Josep Carner, Le cor quiet, Editorial Políglota, Barcelona, 1925. Páginas 43-44. Traducción de José Ángel Cilleruelo